Hace poco, en una conversación con alguien que ha recorrido el país de punta a punta, lancé una pregunta simple: ¿qué piensa de los tamaulipecos? La respuesta fue inmediata: “Son una raza guerrera; gente que no se rinde”.
Y sí, definió en unas cuantas palabras la imagen que se tiene de las y los tamaulipecos. Una tierra donde nada ha sido fácil, donde la historia, la geografía y las condiciones nos han obligado a formar carácter. Aquí se aprende a resistir, a levantarse, a seguir.
El problema es que esa fortaleza, que tanto nos define, también exhibe una de nuestras mayores debilidades: sabemos pelear solos, pero no hemos aprendido a luchar juntos.
Más allá de gobiernos —que vienen y van—, nos hemos acostumbrado a salir adelante por cuenta propia. Hay talento, hay empuje, hay trabajo; sin embargo, ese esfuerzo se nota demasiado disperso. Y cuando el esfuerzo se dispersa, pierde fuerza.
Mientras en otros estados existe una lógica mucho más clara de bloque —empresarial, social, regional—, donde comercializan entre sí, recomiendan, se fortalecen y crecen juntos, en Tamaulipas seguimos fragmentados. Y esa fragmentación tiene consecuencias reales.
Se construye mucho, pero para pocos. Se genera valor, pero se concentra. Se avanza, pero no necesariamente se distribuye. Hay mucho movimiento en algunas manos… y muy poco beneficio para todos. Ese es el verdadero pendiente.
Porque el problema no es la falta de capacidad, es la falta de articulación. El reto es convertir esa fuerza individual en una fuerza colectiva. Entender que el desarrollo no puede seguir siendo de unos cuantos, sino de todos.
Que consumir lo local, invertir en nuestra tierra y cerrar filas no sea romanticismo: sea estrategia. Tamaulipas no necesita más familias encumbradas por unos años. Necesita un equipo que vea por todos.
Es cierto: no se puede derrotar a quien nunca se rinde y los tamaulipecos lo hemos demostrado una y otra vez, pero resistir ya no es suficiente. Porque se puede resistir durante años… y aun así no avanzar como deberíamos ni al ritmo que otros estados sí han logrado.
La verdadera prueba no es cuánto aguantamos, sino qué somos capaces de construir.
Ahora toca algo más difícil que seguir luchando: aprender a crecer juntos, porque Tamaulipas merece más que sólo resistir.