Lágrimas de cocodrilo las llaman. Y, al parecer, estas fueron las que inundaron las redes y medios la semana pasada. Tras darse a conocer la noticia de la muerte de Marjane Satrapi, la célebre autora franco-iraní de Persépolis, lo políticamente correcto era llorar y externar pesar por su deceso.
Sin duda, una pérdida irremediable que estremeció no solo por el fallecimiento en sí, ocurrido este jueves 4 de junio de 2026 a los 56 años en París, sino porque el comunicado de su familia confirmaba que murió “de tristeza”, al ser incapaz de superar el duelo por su esposo, el productor Mattias Ripa, fallecido el año anterior.
Nacida en la ciudad iraní de Rasht en 1969, la historietista, cineasta, pintora, escritora y Premio Princesa de Asturias 2024 se educó en una familia de Teherán con mentalidad progresista y estudió en el Liceo francés hasta que la revolución de 1979 suprimió la educación bilingüe. Fueron precisamente esos años de infancia y adolescencia, marcados por ver cómo la revolución de los ayatolas cercenó las libertades de toda una sociedad, los que retrató en su icónica novela gráfica Persépolis. Tras dejar atrás a sus padres y a su abuela, Marji —como la llamaban en casa— llegó a Francia en 1994 para instalarse definitivamente en París, consolidando un exilio del que nunca más volvería a su país natal.
Merecidamente, los obituarios y columnas de opinión se llenaron de elogios para Satrapi, haciendo alusión a su obra como un ejemplo de la libertad de expresión y lucha por los derechos de las mujeres. Sin embargo, cada día resulta más fácil conmoverse con las viñetas de una niña rebelde en el Teherán de 1979 mientras, en la realidad cruda del presente, se tolera la asfixia cotidiana de millones de mujeres bajo el yugo de las autocracias teocráticas. Ella misma lo denunció en vida cuando, el 14 de enero de 2025, rechazó la Legión de Honor francesa para negarse a legitimar la “actitud hipócrita” de Francia frente al régimen de Irán. Satrapi denunció que las potencias occidentales limitan su apoyo a la disidencia a meros discursos y gestos simbólicos, mientras en la práctica cierran fronteras y niegan visas humanitarias a las jóvenes activistas que arriesgan sus vidas en las calles.
Su muerte ocurre en pleno auge de la violencia sistémica en Irán, donde el eco del movimiento Mujer, Vida, Libertad sigue siendo respondido con una represión brutal contra las jóvenes manifestantes. Llorar a Satrapi desde la comodidad de nuestros metaversos occidentales es un ejercicio de hipocresía si no se acompaña de una indignación activa contra el apartheid de género que hoy destruye vidas en Irán y bajo el yugo talibán en Afganistán. El mejor homenaje para la creadora de Persépolis no es el llanto de historias en Instagram, sino la exigencia a los gobiernos de que el derecho a la vida de las mujeres deje de ser una moneda de cambio en la diplomacia internacional. Eso sí sería dar color a vidas que hoy solo se trazan en negros.