Política

La Querella de Investiduras

El tema de la Querella de las Investiduras –o de las Dos Espadas- tuvo su origen en la Alta Edad Media. El que antes se llamaba obispo de Roma pero que para el 800 era llamado Papa, había asentado su autoridad sobre todo el Occidente y seguía manifestando su convicción de que ejercía un primado sobre toda la Iglesia universal. A su vez, los patriarcados orientales le reconocían un primado de honor y lo consultaban o apelaban a él cuando lo sentían necesario, pero no reconocían su autoridad suprema. Hacia el 800, cuando el Papa consagra a Carlomagno como rey de los francos, éste adquiere una especie de obligación y compromiso con el Papa: es protector de los Estados de la Iglesia y, como tal, tiene el derecho de confirmar al Papa recién electo; antes de ser consagrado, el Papa tiene que jurar fidelidad al emperador o a su representante. A tal derecho imperial corresponde el derecho del Papa de coronar emperador, de modo que para la época, ningún príncipe es considerado como revestido de la dignidad imperial si no está consagrado por el Papa. El Papa y el emperador, a lo largo de la Edad Media, aparecen como los dos pivotes de la sociedad pero también de la corrupción.

El poder temporal del Papa no es ajeno a los peligros; tan pronto como ser Papa significa también ser rey, muchos eclesiásticos ambiciosos –y laicos también-, miembros de poderosos clanes feudales, aspiran a sentarse en la silla de Pedro. El régimen feudal agrava la situación al pulverizarse el Imperio en una infinidad de principados beligerantes, de tal manera que el siglo X, “el siglo de Hierro”, ve al papado caer bajo la dependencia de los señores feudales, de los italianos primero y de los emperadores alemanes después. Además, el sistema germánico se impone, según el cual el señor feudal no es sólo dueño de la tierra y del templo que se encuentra en ella, sino que tiene el poder de nombrar al eclesiástico que atiende el templo; esa práctica se extiende hasta los obispos. Ese patronato de los laicos sobre la Iglesia contiene en germen la “querella de las investiduras” que se presentaría un siglo después.

Durante 130 años (hacia finales de 1100) los papas y los emperadores alemanes (sin olvidar a los reyes) pelean rudamente. Los papas parecen derrotar a los emperadores cuando, en realidad, sacan las castañas del fuego para los reyes. Esa “querella del sacerdocio y del Imperio” también llamada de las “dos espadas” o de los “dos cuchillos” o de las “investiduras”, tiene como envite determinar cuál de los dos poderes, el religioso o el político, ganaría la dominación sobre el otro. Desde Otón I, los emperadores habían vindicado su autoridad sobre los papas; y hasta Gregorio VII todos los papas parecieron asentir, confirmando su elección por el soberano alemán. Los reformistas, al ver en tal dependencia la fuente de todos los males de una Iglesia sometida al poder temporal, decidieron sacudir el yugo y en ese arranque fueron muy lejos.

Desde entonces, la lucha por el poder terrenal por parte del papado no ha cesado ni parece que cesará.

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Sara S. Pozos Bravo
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