La amenaza de la CNTE para “no dejar rodar el balón” se extenderá en proporción directa a la percepción de los perpetradores del daño a la vialidad y las libertades de los demás, según la cual no hay límite a su absoluta voluntad.
Impune como todo pseudosoberano actor político, un segmento del magisterio, al imponer sus condiciones de negociación o de posicionamiento en la opinión pública, lastima a la ciudadanía.
Adicionalmente, busca cernirse sobre el mundial de futbol, lo cual es secundario respecto del constante golpeteo habitual contra la sociedad. Con toda justificada dignidad, ha dicho no, en principio, la jefa del Estado mexicano, Claudia Sheinbaum Pardo a una mesa impuesta con la CNTE. Como Clara Brugada, jefa de Gobierno de Ciudad de México, la Presidenta defiende la libertad de manifestación y expresión.
La advertencia lanzada hace meses no solamente proviene de la CNTE. Los adversarios del gobierno, sean 10 o más de 5 mil, han anunciado el escenario de su intento de capitalización política. Unos apuestan contra la capacidad institucional y otros buscan destruirla.
La gran debilidad en el cambio de régimen, parcialmente, se halla en la movilización paralizadora de avenida Reforma en 2006. Cómo censurar, prohibir, contener, impedir o desmantelar una herramienta de expresión si aquella y aquellos al frente la desplegaron a pesar del vocerío capitalino y ocasionalmente nacional en contra. En el atavismo ideológico de la social democracia y la izquierda en particular se localiza también una fuente de restricción a la acción de gobierno. En contraste con el PRI o el PAN “no podemos, no debemos, ni seremos nunca represivos”, principio, motor, mantra y tabú.
A diferencia de otros mundiales de futbol desde 1970 hasta 1986, el cambio de régimen no necesariamente implica un cambio de mirada.
Desde 1968 es tabú para los gobiernos de derechas, centro e izquierdas la intocabilidad de las manifestaciones, plantones y demostraciones de fuerza legítima o no, con impunidad prepotente o sin ella, a pesar de la mayoritaria y generalizada antipatía de la población respecto de esas expresiones de voluntades colectivas. Aun cuando más de la mitad de las manifestaciones son provenientes de otras entidades, de temas federales o estatales no necesariamente solucionadas en la capital del país, las más onerosas contra la población, comerciantes, autoridades sin conexión con los temas de referencia, provenientes de organismos como la CNTE alguna vez heroicamente disidente como llegó a serlo un par de décadas.
Originada en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1979 y con muchas vidas cobradas a causa de la represión simbolizada en el asesinato de Misael Núñez Acosta en Tulpetlac, Estado de México, en 1981, la coordinadora fue un instrumento disruptivo útil al proceso democrático. Ya no existe esa conexión. Ninguna consulta popular revelaría lo opuesto.