La gloriosa celebración nos inunda en medio de la lluvia y hasta el cielo de lo colectivamente posible. Vibran tres goles, tres victorias y cero anotaciones en contra. Samuel Ramos, hace 90 años, lamentaba la supuesta máscara del mexicano por los excesos de jolgorios desde una autopercibida inferioridad. Eso es impensable en el miércoles de la victoria contra Chequia. Octavio Paz parece ser también derrotado cuando insistía en el regocijo como una coartada para escapar de la pobreza o la melancolía.
Esa oportunidad de abrazar la felicidad de un triunfo sentido como de todas y todos es tomada hasta el tuétano: inefable fugacidad incluida. Prende y cura en todos los rincones de la cancha nacional del entusiasmo, en los gritos de menores y mayores, opositores y defensores de la mayoría gobernante.
Ochocientas mil personas en festejo de 12 horas en la capital del país y un cuasi natural día siguiente de asueto con tránsito ideal para todo el año. A la nación se le regala una expectativa superior: desafío a la idea de fracaso. Felicidad extendida, compartida con jugadores, estadio, la universalidad de los espacios donde las y los mexicanos de una nueva generación despliegan creativa alegría sin complejos, en participación plena de competencias para brincar, jugar con trafitambos, lanzarse al vacío en la fundada esperanza de ser recibidos por decenas de brazos para ser lanzados al aire mientras besos compartidos con paisanos y extranjeros transcurren tan abundantes como los elixires callejeros compartidos.
Regalo para millones y para la presidenta Claudia Sheinbaum en el día de su cumpleaños, además. Doblemente apreciada victoria. Como la distancia respecto de la previa relación con España. Relectura de una herencia de agravios y abusos o de reconocimiento a la riqueza del mestizaje; el técnico estrella se apoda El Vasco y el tercer goleador, Fidalgo.
Orillas de Paseo de la Reforma se transforman momentáneamente en ríos de felicidad, el escenario para una nueva epistemología del gozo popular. Un joven se arroja de pecho, simula brazadas y desata júbilo colectivo; el ajolote sobreviviente, le llamarán en redes. Hasta la prensa conservadora reconoce a la mascota-ser humano en su plena felicidad. Se comparte la imagen de Memo Ochoa bendiciendo postes y travesaño agradeciendo el término de su regia carrera tras una jugada de inicio del inolvidable 3-0.
La mexicanidad contemporánea renunció hace tiempo a la vieja estética del sufrimiento para abrazar la felicidad como derecho. La victoria nacional, más festejada que un día de la Independencia habitual, sella la transformación del ánimo y de la atmósfera política nacional.
El festejo callejero es pulsión vital en la metrópoli gobernada por Clara Brugada, conocida por sus Utopías y quien acierta en el 3-0 pronosticado durante una sesión de gabinete de hace tres días. Festejamos el milagro cotidiano de la convivencia comunitaria con saldo blanco en nuestra Ciudad que lo tiene todo, ajolotes festejando incluidos.