Política

El debate del debate

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Los debates a un cargo de elección popular hay que ubicarlos dentro de la comunicación política, y esta, desde dos frentes: los partidos y candidaturas contendientes, y la autoridad electoral. Observar y analizar los debates fuera de la comunicación política es “pedirle peras al olmo”.

El recurso de los debates electorales se incorporó en la vida política con la emergencia de la televisión y en contextos de pluralidad política. Así, tenemos que, en Estados Unidos las campañas electorales con sus estrategias de comunicación y propaganda vieron en la televisión el recurso más efectivo para llegar a un mayor número del electorado e influir en la percepción de los votantes, sobre todo en los indecisos e indiferentes. ¿Cómo? Asumir e incorporar los lenguajes de la televisión.

Con lo anterior, los debates electorales televisados quedaron marcados de origen con un formato espectáculo, que, si bien informa, lo que cuenta es qué y cómo se ve y oye en el cuadro de la pantalla ante los ojos del televidente. Lo que está detrás, en el estudio, es producción para lo que se quiere mostrar y se busca dejar en el imaginario y percepción de las audiencias.

En México, tras años de hegemonía partidista, pensar en debates televisados, o bien, a través de los entonces llamados “medios masivos” electrónicos, resultaba en la práctica más que imposible, innecesario, incluso a pesar de que en 1977, para garantizar el acceso de los partidos políticos y candidaturas a medios de comunicación se había incorporado en el artículo 6° Constitucional que “el derecho a la información será garantizado por el Estado” (sí, se incorporó entonces bajo esa intención, aunque luego la Suprema Corte de Justicia de la Nación lo “reinterpretó” dando pie a una concepción más amplia).

Fue a partir del Proceso Electoral de 1987-1988 cuando la pluralidad política comenzó a mostrar su rostro con mayor fuerza, la ciudadanía asumió que su voto sí pesaba y debía contar bien, y que la información, tanto la difundida por contendientes, así como las entonces monopolizadoras de la comunicación (medios convencionales de radio y televisión, y prensa), era un elemento fundamental para la participación y decisión soberana. El poder del voto emergió como voluntad ciudadana, y ésta empujó a que la conducción de procesos debía quedar en el ámbito soberano, del mandante (quien otorga el mandato), no en las manos del mandatario (quien recibe un mandato). La ciudadanización fue la fuerza del camino a la democracia mexicana.

Seis años después, con una mayor penetración de la televisión en México, el inicio del un duopolio televisivo (nació TV Azteca de la privatización de Imevisión), con oferta de entretenimiento e información noticiosa dual (Televisa y TV Azteca) de cobertura nacional, los medios de radiodifusión cobraron mayor atención como recurso para la comunicación política. En la Administración de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) fue fundamental y crucial la alianza informativa y de entretenimiento.

Así, llegamos al electoral de 1994, un año intenso y catastrófico desde el primero de enero, el 24 de marzo y el 28 de septiembre. Levantamiento armado, asesinatos políticos), y el primer debate entre los candidatos “punteros” a la Presidencia de la República, 12 de mayo de 1994. El primero en la historia reciente, organizado por los contendientes, bajo sus intereses y estrategias de campaña, sólo con el “acompañamiento” de la entonces autoridad electoral (IFE) que comenzaba su proceso de ciudadanización.

Para 2000 se realizaron dos debates entre candidaturas a la Presidencia de la República, todavía bajo las reglas que acordaban partidos y personas candidatas. El IFE, ya con autoridad como órgano autónomo comenzó a marcar reglas, pero aún marginales, y manteniéndose formatos rígidos, que no permitían a los contendientes confrontar, contrastar, cuestionar, profundizar ideas, sí, lanzar dardos punzantes para debilitar al oponente en la percepción pública. Debates bajo el formato “newsshow” se armaban y planificaban desde los equipos de campaña.

Para el 2006, los debates diseñados para televisión continuaron, pero con mayor conducción de la autoridad electoral federal e incorporando la réplica y contrarréplica, para que tuvieran mayor dinamismo.En Jalisco, por primera vez se incorporaron como parte de la contienda, pero desde la autoridad electoral, replicando el formato ya experimentado, aunque acartonado, como el nacional.

Para 2012, los debates fueron más dinámicos en su estructura y conducción, pero ya con reglas que la autoridad electoral disponía. Los partidos y contendientes perdían parte de su incidencia en la organización y comenzaban su planeación desde un recurso u oportunidad de comunicación política que podría catapultarlos o sepultarlos, en y sobre todo después del debate. El número de debatientes bajo un formato televisivo y con un corsé de tiempo los acartonaba.

En 2018, los debates salieron de la ciudad de México, fueron más dinámicos, pero con un número de participantes que en la práctica se reducía a escaramuzas descalificadoras sin logar la intención y finalidad planteada por la autoridad electoral: exponer, contrastar y profundizar en ideas. En el ruedo, todo eso se perdía.

En Jalisco, se siguió con la misma ruta. En la cancha del debate las reglas de contenidos y exposición quedaban en los debatientes aún cuando afanosamente se buscaban nuevos formatos dinámicos e interactivos.

Ahora, Jalisco comenzó con una serie de debates. Ayer fue el primero de cuatro. Si bien interesante, fue un juego de estrategias de comunicación y posicionamiento para la percepción y opinión pública de las personas candidatas. El segundo debate será el sábado 13 de abril en Ciudad Guzmán, municipio de Zapotlán el Grande; el tercero el 4 de mayo en Puerto Vallarta; y el cuarto, ya en la recta final de las campañas donde todas las cartas podrán echarse sobre la mesa, será el 26 de mayo. En tanto, el próximo 7 de abril será el primer debate entre quienes buscan la Presidencia de la República; el 28 de abril el segundo; y el 19 de mayo el tercero y último.

Si bien los debates están atrapados en el formato televisivo, la atención simultánea y sobre todo post debate, está en las plataformas digitales. Ahí, se observa, más la acción y estrategia comunicacional de los equipos de campaña para “ganar” el post debate, el cual, en comunicación política es más rentable y redituable pues la narrativa que imponga (con base en la materia prima del debate) en el diálogo y debate público será la que incida en el ánimo y voluntad electoral. ¡Y desde que terminó el evento del debate lo estamos percibiendo y viendo!

Nos haya gustado o no cómo se dio el debate televisado, si determinar quién ganó o se impuso, quién perdió en él, etcétera, es lo de menos en la democracia. Lo central es el diálogo público que provoque libremente, y en ello, los medios de comunicación de referencia, nativos o no digitales, con sus periodistas profesionales tienen una carga social de gran valía; imperiosa necesidad de no dejar que el diálogo y discusión pública quede en la estrategia de los equipos de campaña y candidaturas; el mejor servicio a la democracia y a la comunidad es conducir el post debate desde las necesidades de las audiencias rescatando las propuestas e incluso ideas emergentes al calor del encuentro, no las diatribas que sólo contaminan, distraen y provocan hastío y desafección frente al momento para el cual se ofrecen estos recursos de información y comunicación: la decisión fundamental del próximo 2 de junio.

Que sigan los debates, pero sobre todo, el diálogo y debate público sobre ellos.


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Rubén Alonso
  • Rubén Alonso
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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