La política no es un fin en sí mismo –o no debería de serlo, en abierta discordancia con quienes consagran todos sus esfuerzos y desvelos a ese sacerdocio— sino que sirve propósitos ulteriores y de naturaleza bastante pedestre, a saber, el simple bienestar cotidiano de los ciudadanos y poco más.
Como bien sabemos, al pueblo bueno le han recetado pan y circo en diversos momentos cumbre de la historia pero al final lo que cuenta son los beneficios concretos, no la retórica ni los auxilios temporales.
El asunto es que la clase política se solaza en una permanente autoglorificación y justamente ése ha sido –y sigue siendo— el gran problema de la mayoría de las sociedades y las naciones.
Está el tema del poder, encima, entendido por quienes lo detentan como una potestad para dominar a los demás, no como una herramienta para hacer el bien desinteresadamente y sin pensar, justamente, en los réditos… políticos.
En las democracias poco desarrolladas como la nuestra, el gran personaje en el reparto de papeles nunca es el ciudadano de a pie sino, salvo las excepciones de siempre, el gobernante engreído al que hay que rendirle pleitesía en permanencia porque, en la condición que él mismo se ha adjudicado de repartidor de favores (sí, en efecto, inaugurar una obra pública o asignar presupuestos para la realización de tal o cual proyecto no es administrar meramente los recursos que salen de los bolsillos de los contribuyentes sino dispensar mercedes que los vecinos de la localidad beneficiada deben agradecer –“Gracias, Señor Presidente”, exponen las pancartas exhibidas en la pomposa ceremonia celebrada para enaltecer debidamente al supremo benefactor— y, posteriormente, corresponder a las dádivas votando en las urnas), en la mentada categoría que el propio gestor se ha agenciado, repito, el protagonista indiscutible es el caudillo poderoso.
Por si fuera poco, las fuerzas opositoras no merecen tampoco mayores reconocimientos. Enfrascados en crear un clima de enfrentamientos y colisiones, los politicastros desentendidos del bien común no les otorgan a sus antagonistas un atributo esencial, el de pertenecer a sectores integrados por personas legítimamente descontentas con las cosas, sino que los despojan de su cualidad de habitantes de un espacio común, la patria de todos, y los reducen a la infamante categoría de enemigos a combatir.
El creciente desprestigio de la política como tal se deriva justamente de la servidumbre que sobrellevan los individuos soberanos en los regímenes iliberales –es algo así como una factura que les endosan a los gobernantes— pero las consecuencias del descontento y la falta de confianza son nefarias para la vida pública: de ese caldo de cultivo, paradójicamente, emergen los populistas providenciales.
La democracia no pasa por sus mejores momentos.
Román Revueltas Retes
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