La demagogia puede funcionar durante algún tiempo y la retórica servir de anestesia temporal para disfrazar las durezas de la realidad pero no hay manera, ahí sí que no, de dominar las implacables tormentas de la economía.
Los factores que determinan el bienestar de la población son prácticamente indomables para quienes pretenden ignorar, a punta de ideologías y doctrinas, los principios esenciales del capitalismo, entendido éste no como un dogma propalado de manera interesada por los ricos de este planeta sino como una suerte de gran radiografía de impulsos humanos tan comprobables como naturales.
El socialismo a ultranza pretende imponerle a los individuos una nueva identidad, una idiosincrasia en la que el lucro, como aspiración, no tiene cabida y termina siendo algo pecaminoso, aparte de condenable.
Se edifica así un sistema que prohíbe la producción privada de bienes y que pretende repartir la riqueza universalmente en abierto desafío al más elemental principio económico, a saber, que la riqueza la generan personas reales llevadas, justamente, por el deseo de poseer bienes y de atesorar patrimonios.
Latinoamérica, hoy día, es un subcontinente contagiado del virus del estatismo confiscatorio: el discurso populista no se limita a azuzar a las masas sino que termina siendo, en los hechos, una sistemática tarea de destrucción de riqueza, emprendida en nombre del «pueblo» y dirigida a limitar inversiones, negocios, proyectos y libertades económicas.
La primerísima acusación lanzada en contra de los sectores productivos privados es que sus ganancias son excesivas, por no decir ilegítimas, y a partir de ahí se levanta todo un entramado de restricciones y estorbos para desalentar a los emprendedores.
Existen ya, en esta parte del mundo, tres regímenes socialistas dictatoriales y la deriva anti-mercado de países como la Argentina y el Perú es verdaderamente inquietante, por no hablar del populismo boliviano.
El asunto es que ninguna de las naciones que han tomado el camino del estatismo ha podido acrecentar el bienestar de sus pueblos. Por el contrario, la miseria del pueblo cubano es escalofriante y el régimen de la «revolución bolivariana» llevó a la ruina total a Venezuela. No hay manera de ocultar este fracaso –se deriva directamente de desentenderse de los principios fundamentales de la economía y de colocar los credos socialistas por encima de la realidad misma de las cosas—pero justamente por ello es que los populistas combaten el pensamiento crítico y no toleran la oposición.
La economía no perdona y las consecuencias de los malos manejos pueden ser verdaderamente catastróficas. A los destructores, sin embargo, siempre les quedará el recurso de la mentira, utilizado luego de haber acallado todas las voces criticas. En eso sí que son unos verdaderos expertos.
Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com