La gente cada vez soporta menos el aislamiento exigido por las autoridades sanitarias. El encierro se vive como una imposición y a muchas personas les parece una medida arbitraria. Alegan, entre otras cosas, que la gripe estacional provoca más muertes y, como no viven la experiencia directa de una situación catastrófica, piensan que las disposiciones son exageradas e innecesarias.
No somos un pueblo particularmente obediente, encima, y nuestra consustancial indisciplina (un auténtico déficit de ciudadanía: ahí tienen ustedes, para mayores señas, la basura en las calles, el desorden en los espacios públicos o el implacable, e imparable, deterioro del paisaje urbano) nos lleva a incumplir las ordenanzas que evitan los contagios. Es muy extraño, en este sentido, que no se haya desatado todavía la furia del mentado coronavirus y que no nos encontremos en el escenario apocalíptico que cualquier observador de las cosas hubiere pronosticado.
Ah, pero ahora es el propio Gobierno el que propone que se comiencen a suavizar las prescripciones para volver paulatinamente a una normalidad que, hay que decirlo, no será la de siempre ni mucho menos. El asunto es económico, desde luego, aunque los timoneles de la 4T sean los únicos en el mundo, salvo algunas excepciones como la del régimen nicaragüense, que no hayan dispuesto ayudas masivas para impedir que se derrumbe totalmente el aparato productivo de la nación.
El tema no se termina de entender. Por un lado, según lo establece el propio subsecretario designado para hacerle frente a esta amenazadora contingencia sanitaria, estaríamos sobrellevando, en estos mismísimos momentos, el punto de mayor gravedad de la epidemia: más contagios, más personas con síntomas severos, más ingresados en los hospitales y más muertos. Pero, al mismo tiempo, es precisamente en esta circunstancia, en pleno pico de la peste, cuando se anuncian ya las fechas para retomar ciertas actividades y recomenzar la operación de varios sectores. Se habla de que vuelvan a clases los niños, de que abran los pequeños comercios y de que se declare un estado de total regularidad en aquellos municipios del país donde no se hayan detectado casos. Y, todo esto, sin hacer casi pruebas. Con perdón, ¿no se están precipitando un poco?
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