Política

El escalofriante deterioro de lo público

El escribidor de esta columna tiene la impresión de haber ya utilizado el título que encabeza las líneas que tan afanosamente descifran los lectores en estos instantes. Pero, caramba, como siempre se puede estar peor y siendo que el deterioro se sigue acrecentando exponencialmente, el espanto del referido sujeto —o sea, el que garrapatea el presente artículo— se ha también incrementado de manera explosiva hasta el punto de recurrir, por causa personal de fuerza mayor, al armario donde tiene almacenados algunos conceptos de presunto uso único.

La vida pública de una nación es, entre otras cosas, una suerte de escenario: se expresan ahí ideas, se intercambian visiones, se contrastan posturas y se debaten, justamente, los grandes temas de interés común.

En las democracias donde se ha consolidado debidamente la institucionalidad, las discusiones son tan sosegadas como poco interesantes para unos ciudadanos ensimismados en su apacible cotidianidad y la clase política no es protagonista en permanencia de las conversaciones como tampoco a los dirigentes gubernamentales te los encuentras, como se dice coloquialmente, hasta en la sopa.

Al contrario, el manejo de los asuntos corrientes es meramente una cuestión de rutina en la que nadie espera encontrar ningún elemento glorioso, deslumbrantemente histórico, trascendente o que deba ser recordado a perpetuidad por las futuras generaciones. Y, derivado de ello, las discusiones públicas suelen ocurrir en un clima de monótona urbanidad salvo cuando la cercanía de algún proceso electoral exige a los interlocutores una pizca más de fogosidad.

Lo que estamos viviendo aquí es enteramente otra cosa: no sólo se han implantado en permanencia los destemplados modos de las campañas electorales —la 4T no parece haberse dado cuenta de que ya gobierna, de que no es la combativa y obstruccionista oposición de izquierda que necesita estar insultando machaconamente a los “privilegiados” o, de paso, a cualquiera que se le ponga enfrente— sino que las formas de siempre han dejado de respetarse y lo que sobrellevamos ahora los mexicanos es un clima de crispación plagado de injurias y ataques.

Es también el reino de la mentira en el que los datos y las cifras comprobables han dejado de importar: lo que cuenta es la fervorosa adhesión al evangelio pregonado por el régimen y la propalación de los credos que se proclaman cada mañana en el palacio presidencial.

Los seguidores de la 4T son serviciales propagandistas de los dogmas oficiales y, azuzados por la fiereza del discurso que entona su comandante supremo, se arrogan a su vez la potestad de ser ellos mismos más intolerantes, más belicosos y, al final, más violentos así sea que su furia se manifieste, por el momento (y afortunadamente), nada más de manera verbal.

Pero eso es justamente lo más perturbador: la progresiva pérdida del comedimiento terminará por abrirle la puerta al verdadero salvajismo. Y, paralelamente, a la arbitraria opresión de las voces disidentes.


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Román Revueltas Retes
  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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