Política

El altísimo precio de la pasividad

Conocemos todos a personas que no quieren “saber nada de la política”. Tampoco parece interesarles demasiado la información y, consecuentemente, no están al tanto de las cosas que acontecen en el país ni se enteran de los acaecimientos que tienen lugar fuera de nuestras fronteras. Su inapetencia se alimenta de una suerte de rechazo primigenio a los gobernantes —“todos son iguales”, suelen decir— y de la indiferencia hacia lo público que resulta de contentarse de sobrellevar meramente la experiencia directa de lo cotidiano.

Supongo que este es el perfil de muchos de los que no salen a votar cuando hay elecciones aunque otra buena parte de ellos está compuesta de gente desencantada de la clase política y harta de los partidos. O sea, ciudadanos desesperanzados y escépticos.

Nuestro voto tiene consecuencias directísimas en nuestro bienestar. A ver si nos enteramos

Luego de tantas y tantas promesas, muchos votantes —constatando, encima, que nada cambia de fondo y que los problemas de siempre siguen— se suman a las filas del abstencionismo con el desgano de quien no espera ya ningún provecho. En las propias elecciones de 2018 no acudieron a las urnas millones de mexicanos: la participación fue de poco más del 60 por cien de los electores, es decir, dos de cada tres.

Es muy preocupante este déficit de ciudadanía porque las personas se desentienden de ejercer un derecho que anteriormente nos era negado —durante decenios enteros el antiguo régimen priista manejó las elecciones a su antojo, desconoció los resultados, hizo trampas y utilizó todos los recursos del Estado para promover al partido oficial— y que hoy, en los años que llevamos de disfrutar las bondades de nuestra imperfecta democracia, nos es garantizado plenamente: las elecciones las supervisamos nosotros, señoras y señores, y en cada una de las casillas electorales hay representantes de los partidos que compiten, hay vecinos que cuentan los votos y hay mecanismos para evitar cualquier estafa.

El tema va más allá, sin embargo: para empezar, no es en lo absoluto cierto que “todos son iguales”: Salgado Macedonio era un candidato acusado de violar mujeres. ¿Todos los demás aspirantes a las gubernaturas son también abusadores? En cuanto al ejercicio concreto del poder, no podemos tampoco decir que unos y otros gobiernen de la misma manera. Un simple ejemplo: Otto Granados, en lo que toca a sus formas y resultados en Aguascalientes, se encuentra a una distancia sideral del mentado Cuitláhuac, el que lleva ahora las riendas

en Veracruz.

Justamente, ésa es la cuestión: votar no es sólo el ejemplar ejercicio de un derecho ciudadano sino una herramienta, útil y provechosa, para elegir a los más capaces, a los menos estúpidos y a los menos dañinos.

Dicho en otras palabras: nuestro voto tiene consecuencias directísimas en nuestro bienestar. A ver si nos enteramos. Porque, encima, siempre se puede estar peor… _

Román Revueltas Retes

revueltas@mac.com


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  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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