Un régimen procastrista. Un partido oficial que simpatiza con el socialismo bolivariano. Un gobierno bajo sospecha de trabajar de la mano con el crimen organizado. Un territorio plagado de narcotraficantes, extorsionadores y asesinos. Un país que no sólo sirve de paso al tráfico de fentanilo sino que lo fabrica. Un aparato público que no secunda la política exterior de su vecino, invocando la manida entelequia de la “soberanía”. Una ciudad capital plagada de espías rusos…
Todo esto, a las puertas de la nación más poderosa de este planeta y en las narices de un presidente que se mueve como le da la gana y que, llegado el momento, es perfectamente capaz de violentar sin mayores ambages el derecho internacional, de mandar a sus fuerzas especiales a secuestrar al primer mandatario de otro país, de castigar con desmesuradas tarifas a los gobernantes que le plantan cara, de avalar un ataque al mismísimo Capitolio en el que sesiona el Poder Legislativo de su propia casa y, ya en un plan menos estratégico y un tanto más anecdótico, de insultar a héroes de guerra, de ofender a sus pares de otras comarcas, de vilipendiar sin pudor alguno y de traspasar flagrantemente las fronteras de la compostura y las buenas maneras.
Simpatizaba el hombre con nuestro caudillo tabasqueño, es cierto, porque por las venas le corre un componente autocrático y los modos autoritarios de un Putin, de un Orbán o de un Erdogan le despiertan una natural fascinación, de la misma manera como los de aquí, los adalides de doña 4T, se embelesan con la dictadura cubana, no porque el tal “socialismo” sea el redentor de las masas sino, más bien, por la capacidad de pisotear al pueblo que tiene el aparato del Estado represor, un sueño que ellos acarician.
En fin, Obrador se salió con la suya, vaya que sí. Pero el Trump de ahora anda en plan mucho más peleón y ha externado, encima, su propósito de que nuestro subcontinente se mueva al ritmo que marca su batuta y nada más.
Consumada la “extracción” de Maduro, cerrado (a ver cuándo) el capítulo de Irán y desmantelada (escenográficamente) la tiranía castrista, los que seguimos en la lista somos nosotros. A ver si se enteran, en las alturas del poder morenista, y cambian el rumbo del barco para no tener luego que saltar al agua.