El repudio a los expertos es parte consustancial del credo populista. Y es que hay que comulgar con el pueblo, cuya ancestral sabiduría colisiona de frente con la arrogancia del científico sabelotodo, del insensible tecnócrata neoliberal y del académico enclaustrado en su torre de marfil.
De tal manera, hemos escuchado, en estos tiempos de programada transformación histórica, sentencias tales que “gobernar es sencillo”, que explotar un pozo petrolero “no tiene mayor ciencia” porque es meramente asunto de cavar un agujero en el suelo y que los embates de una mortífera pandemia se pueden conjurar blandiendo una estampilla religiosa. Pasmosas declaraciones, en abierto desafío al simple sentido común y la realidad de las cosas.
En ese mismo tenor, hemos visto cómo el aparato gubernamental se ha poblado de sujetos tan ineptos como soberbios, impedidos –justamente por no contar con las cualificaciones necesarias para desempeñarse en sus cargos— de ofrecer resultados y de cumplir con unas mínimas metas.
No poblamos ya las comarcas de una meritocracia –o sea, un hábitat en el que se reconocen las virtudes y se recompensa el saber— sino los yermos territorios de la kakistocracia (un término derivado del griego kakistos: peor y kratos: gobierno) en los que es premiada, antes que nada, la obediencia y donde importa mucho más la fervorosa adhesión al régimen que la capacidad personal.
Este fenómeno, hay que decirlo, no es privativo del modelo impuesto por doña 4T sino que lo observamos también en la esfera gubernamental de Donald Trump, colonizada por una corte de amilanados aduladores dispuestos, en todo momento, a secundar sin chistar sus resoluciones, por más extravagantes que puedan ser, y a cantarle al oído la melodiosa tonada de la aprobación.
Tenemos así a un tal secretario de “Guerra”, de nombre Pete Hegseth, que no sólo exhibe sin pudor sus pocas luces y su zafiedad sino que se ha dedicado a expulsar de la plana mayor del Ejército a los más capaces y honestos, siendo que en las fuerzas armadas de los Estados Unidos han operado personas de altísimo nivel profesional. Para mayores señas, el general Wesley Clark, antiguo Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas de la OTAN, diplomado en Filosofía, Política y Economía en la Universidad de Oxford, o David Petreus, poseedor de un doctorado en Relaciones Internacionales y Economía de la Universidad de Princeton, por no hablar, en lo que toca a la honorabilidad, del general Mark Milley, uno de los anteriores jefes del Estado Mayor Conjunto del Ejército estadounidense quien, en su discurso de despedida, refrendó que el juramento militar no es para servir a “un aspirante a dictador” sino para salvaguardar los principios inscritos en la Constitución.
Vamos a peor, entonces –allá, aquí y en tantos otros lados—,bajo la impronta del populismo instaurado por los nuevos tiranuelos. Una receta condimentada con los más serviles, pues sí, pero ni lejanamente con los mejores.