Una capa de petróleo que se extiende a lo largo de 600 kilómetros en el Golfo de América –¡perdón, el Golfo de México!— y resulta que los encargados gubernamentales de Medio Ambiente, el ministerio encargado de preservar la prístina pureza de nuestras playas, bosques, arroyos, ríos, lagunas y mares territoriales, responden que no hay “daño ambiental severo”.
Qué tranquilidad, oigan, para nosotros, los habitantes del altiplano –con perdón de los posibles lectores que habitan las costas orientales del territorio nacional y que pudieren sentirse ignorados— a los que nada más nos llegan, en todo caso, las emanaciones de la quema de combustóleo en las centrales térmicas, los efluvios de una que otra refinería y las emisiones de los motores de combustión que propulsan a los destartalados microbuses en que viaja el pueblo bueno, pero en manera alguna, ni en nuestras peores pesadillas, está ocurriendo que amanezcamos con los árboles de la acera cubiertos de chapopote ni de que veamos a los perros callejeros muertos por ingesta de alquitrán.
El oro negro –cada vez más caro, encima, por culpa de Donald Trump y sus belicosos pretorianos— comenzó a brotar hace unas tres semanas desde las sentinas de un buque criminal, aunque algunos portavoces del aparato de doña 4T afirman que pudieron haber sido 13 los barcos infractores, o algo así, pero el desastre medioambiental (no severo, si nos permiten ustedes adherirnos a la versión oficial de las cosas) se debe también a lo grosera que se ha puesto también Mamá Naturaleza porque unos yacimientos de chapopote en las profundidades del mentado golfo binacional se abrieron, nada más porque sí, y de ahí comenzaron a emerger toneladas métricas de venenoso hidrocarburo. Es más, no sólo un yacimiento sino dos.
Volviendo a lo de los pobladores de la meseta de Anáhuac, muchos de ellos tenían previsto viajar, ya desde ayer mismo, hacia Tabasco (que es un edén, dicen), Veracruz (no tan paradisiaco pero muy bonito de todas maneras), Tamaulipas y Campeche. Algunos reportes de medios periodísticos de la derecha avisan de que hay playas plagadas de espeso petróleo y, sacando raja del alarmismo tan poco patriótico que acostumbran, entrevistan a pescadores que no pueden ya laborar en sus aguas de siempre, hablan de tortugas y manatíes fallecidos, exhiben imágenes satelitales que muestran la gran extensión de la mancha petrolífera y, en fin, dibujan un escenario declaradamente severo, si no es que catastrófico.
Esos miles de turistas domésticos afrontan entonces un muy fastidioso dilema: creer la verdad oficial y emprender la ruta muy confortados o responder a la ancestral desconfianza de nosotros los mexicanos y quedarse en casa, a lo largo de sus vacaciones, a mirar en la tele los molestos reportajes de la prensa sensacionalista. Pues…