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Viernes , 19.04.2019 / 04:14 Hoy

La Semana de Román Revueltas Retes

El feminismo confiscado

Román Revueltas Retes

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Las causas más nobles terminan casi siempre confiscadas por los fanáticos. Los extremistas no pueden renunciar a tan irresistible botín. Porque, miren ustedes, su apetencia primera no es impulsar principios elevados o promover derechos sino, pretextando la irrebatible ejemplaridad de su empresa, lanzar condenas y empujar prohibiciones para no dejarles ningún espacio de libertad intocado a los demás. Este proceso de apropiación necesita del correspondiente adversario, desde luego, porque la persecución de los otros se construye reduciéndolos primeramente a una condición de consustancial malignidad. No se combate nunca al correligionario incondicional ni al adepto ardoroso sino al que, por no comulgar con la ideología obligatoria, se convierte, antes que nada, en un enemigo a derrotar. Entonces, lo que en un principio hubiere sido un movimiento legítimamente liberador se trasmuta al final en un sistema de opresión edificado en la sempiterna división de justos y pecadores. Ellos contra nosotros. Pobres contra ricos. Hombres contra mujeres. Comunistas contra capitalistas. Liberales contra conservadores. Neoliberales contra populistas. Españoles contra indios…

El primer signo anunciador de esta deriva es la aparición del resentimiento, por no hablar del odio, en el discurso de los denunciantes. Esta planificada abominación surge, a manera de revancha, como la esperada respuesta a los agravios originales sufridos por las víctimas de turno. Y sí, la inmensa mayoría de las corrientes revolucionarias, por llamarlas de alguna forma, se alimentan de un gran dolor primigenio, de las históricas humillaciones sufridas por un pueblo o por un grupo social. El problema es que su carácter reivindicatorio no se limita a buscar la justicia en el presente sino que exige una forzosa reparación por los abusos del pasado. Por esto mismo, lo que en su momento se pudo haber manifestado como una jubilosa incursión liberatoria se transforma, al irse consolidando, en una gran cruzada punitiva. En esta nueva faceta, el castigo es casi tan importante, o más, que la obtención de garantías y derechos concretos. Los culpables, por su parte, no sólo no son ya los agresores iniciales sino que las acusaciones se extienden a todos sus presuntos semejantes, cómplices sentenciados de antemano por su mera asimilación –así de involuntaria y accidental como pueda ser al resultar de la simple pertenencia a un género o a una clase social— a la subespecie de los ofensores.

Reducido entonces el conflicto a una cuestión binaria (el impacto emocional de las premisas rudimentarias es muy grande), no hay ya lugar para matiz alguno ni espacio para el ejercicio de la mesura: quienes no están conmigo están contra mí. Y ese odio al enemigo fabricado hay que cultivarlo en todo momento porque no hay también cosa que pueda congregar más a los seguidores que la amenaza de un peligro externo encarnada, justamente, en la figura del que no se somete servilmente, sin el menor cuestionamiento, a la causa.

Hay que repetirlo: quienes se sienten instalados a perpetuidad en su condición de víctimas no olvidan ni perdonan, así hayan pasado 500 años o así sea —en el caso, por ejemplo, de las feministas beligerantes— que a quien tengan delante no sea un violador ni un abusador de niñas sino un simple aspirante a seductor tan patoso como torpón. La diferencia no es menor, señoras y señores: es la que separa a un delincuente –merecedor, ahí sí, de sanciones penales— de un sujeto que intenta meramente atraer a una colega en el trabajo o a una compañera de estudios en la universidad.

Lo más inquietante de la interesada confiscación que los extremistas hacen de las causas es que terminan por tomar una dirección inversa al propósito que les dio origen: el feminismo, para mayores señas, no tendría que derivarse en exclusiva de la circunstancia de haber nacido mujer sino que debería ser, creo yo, un movimiento absolutamente universal en tanto que la mera conciencia de la opresión, los abusos y la desigualdad que ha padecido la mitad —¡ni más ni menos!— de la población humana a lo largo de los siglos es razón más que suficiente para hacer un feminista de cada uno de nosotros. Tampoco los principios del socialismo son enteramente descartables bajo una mirada humanista. Y el libre mercado, después de todo, consagra declaradamente la soberanía de los individuos emprendedores. Llevadas al extremo, sin embargo, las ideologías conducen a los campos de exterminio en Siberia, a la descarnada explotación de la clase trabajadora y, hoy día, a la miseria programada de todo un pueblo en Venezuela.

El feminismo no ha instaurado un sistema totalitario, desde luego. Pero el discurso vengativo, teñido de odio y reduccionista de algunas militantes del movimiento #MeToo pareciera prefigurar el advenimiento de una sociedad asfixiante, sometida a los dictados del rencor y marcada por el persecutorio signo de la sospecha permanente. No aspiramos a eso. Queremos ser libres e iguales, ellas y nosotros. Nada más.

revueltas@mac.com

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