La gran apuesta del Gobierno de la 4T, al parecer, es un retorno a los tiempos pasados. O sea, la restauración de un modelo previo al advenimiento del satanizado neoliberalismo.
No sabemos, bien a bien, cuál es el sistema económico que habrá de apuntalar ese orden antiguo de las cosas, pero los indicios son ya muy inquietantes: rechazo a los inversores que pudieren participar en el sector energético, repudio a las nuevas tecnologías, glorificación del saber popular, menosprecio a los expertos (tildados, justamente, de personeros de la ofensiva neoliberal), aplastante enaltecimiento de lo propio por encima de lo “venido de fuera”, rescate voluntarista de la industria petrolera (un auténtico pozo sin fondo en el que se pierden sumas colosales de recursos públicos al tiempo que se les cierra el paso a quienes están dispuestos arriesgar sus propios capitales en la exploración de nuevos yacimientos), desconocimiento de contratos ya celebrados con grandes corporaciones multinacionales, cancelación de proyectos previamente autorizados y debidamente validados por las autoridades competentes, en fin, pareciera una auténtica estrategia de acoso y derribo de lo que habían cimentado las Administraciones anteriores.
Los cuestionamientos al sistema que hemos tenido hasta ahora van tan lejos como para impugnar la esencia misma de la economía de mercado y proponer, en su lugar, un escenario en el que los consumidores debiéramos contentarnos con la mera posesión de algunos bienes materiales y no ambicionar demasiadas cosas. Los tentadores artículos de siempre y todo aquello que se pudiere catalogar con el odioso palabro de “aspiracional” —por una vez, pudiéremos estar de acuerdo en el rechazo a los usos venidos del exterior (terminajos calcados indiscriminada y tontamente del inglés, más bien)— tendrían que quedar fuera y el antiguo comprador compulsivo transformarse, de la misma manera, en un ser más sensible a los valores espirituales.
No es enteramente descartable la propuesta, hay que decirlo, porque el consumismo ha alcanzado cotas verdaderamente descomunales en nuestras sociedades y, aunque el propio Presidente de la República señaló, en uno de sus más recientes discursos matinales a la nación, que los individuos tenemos la libertad de elegir nuestros modos de vida (o, en este caso concreto, la facultad de comprar los productos que nos encandilan y de codiciar lo que nos venga en gana), la realidad es que hemos perdido, sin darnos cuenta, buena parte de esa potestad de decidir al estar, de hecho, hipnotizados por el esplendor de las mercaderías que nos ofrece el mercado. Un mundo menos orientado a la acumulación de objetos materiales sería, en este sentido, un lugar más amable para todos. Pero ¿puede el poder político determinar realmente las tendencias dominantes y decretar cuestiones tan personales como el deseo de adquirir cosas? Queda planteada meramente la pregunta.
Volviendo al tema de lo que nos es presentado como una “nueva economía” —una suerte de economía moral, más dirigida a privilegiar el humanismo, por lo menos de palabra— las propias mediciones de la actividad económica debieren también ser realizadas bajo otros parámetros: el tan traído y llevado Producto Interno Bruto (PIB), los índices de crecimiento, los registros de consumo y la competitividad no servirían ya para establecer ni reconocer el desempeño de una nación sino que se tomarían en cuenta factores como el desarrollo, el bienestar y hasta la felicidad de los pobladores.
Y, sí, es cierto: el fin último de cualquier proyecto de nación es la felicidad de los ciudadanos, aunque el término no se utilice a menudo en el discurso público y que la sempiterna promesa electoral sea el “bienestar”. No es tan evidente, sin embargo, que vayamos a alcanzar un mínimo estadio de beatitud yendo a contracorriente de lo que se hace en la práctica mayoría de los países del mundo.
El neoliberalismo como tal fue muy objetado al acontecer la gran crisis financiera en 2009 y es también evidente que la desigualdad social y la concentración de la riqueza en una minoría han levantado una oleada universal de descontento. Pero como alternativas posibles a esta receta no han surgido paradigmas radicales ni mucho menos esquemas que propugnen el retorno a un pasado desconectado de los avances tecnológicos o que planteen la restitución de las prácticas industriales menos eficientes (en el caso de la generación de energía eléctrica —un tema que surgió esta semana en México— la apuesta es por plantas de producción declaradamente contaminantes y nocivas para el medio ambiente, algo que no tiene sentido alguno y que nos coloca en el pelotón de cola en lo que se refiere al cumplimiento del Acuerdo de París).
Por el contrario, las nuevas alternativas de desarrollo llevan el sello de la modernidad y en el horizonte se aparecen prometedores sectores por conquistar: combustibles no fósiles, vehículos eléctricos, trenes de levitación magnética, estaciones para capturar el dióxido de carbono de la atmósfera, etcétera, etcétera. ¿Nos vamos a quedar fuera? Creo que eso no nos hará muy felices.
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