El duelo entre Vertsappen y Checo Pérez se está adentrando en los territorios de una leyenda. Que diga, de una telenovela. Que diga, de una miniserie de Netflix.
Ambos corredores comenzaron muy temprano sus duros entrenamientos, con unos padres muy apoyadores detrás aunque, en el caso del neerlandés, el progenitor fue un sujeto severísimo. O sea, de los que terminan siendo materia prima de años enteros de consultas con el psicoanalista.
Pero no, miren ustedes, Max no sólo sobrellevó como pudo las asperezas vividas en sus años de formación sino que esas rigideces le trasmitieron madera de campeón.
De ahí, de la experiencia de un padre implacable que no le perdonaba el más mínimo desliz ni consentía la menor equivocación, de ahí la correspondiente rudeza del competidor estrella de Red Bull.
¿Renunciar a hacer el mejor tiempo en una vuelta y cederle a Pérez un puntito en la reciente carrera de Arabia Saudí? ¿Ayudar a su coequipero a subir de posición en el Gran Premio de Brasil? No, nada de eso. Ni medio vaso de agua cuando se trata de competir. No mercy.
Resulta muy poco ejemplar tamaña exhibición de egoísmo y a cierto sector del respetable público no le gusta nada la destemplada aspereza del sujeto. Otros, sin embargo, aplauden la inmisericordia de un campeón que no se detiene ante nada y se conectan así con la cultura –muy de nuestros tiempos— que glorifica el triunfo por encima de todas las cosas.
Al escribidor de estas líneas le resulta muy exasperante, aparte de perturbadoramente despiadado, el mandato de ser un ganador siendo que la gran mayoría de nosotros somos simple gente de pie, o sea, comunes mortales enfrentados al reto, nada menor, de resolver cada día las agobiantes cuestiones de la existencia.
Tal vez la ruta al éxito es tener a un padre que te retira el habla durante días enteros luego de que no hayas podido satisfacer sus descomunales exigencias. Pero, caramba, el precio a pagar parece muy alto. Aunque, hay que decirlo, el hombre estuvo todo el tiempo ahí, al lado de su chaval y, ahora mismo, lo sigue acompañando y apoyando en cada momento. Y, el propio Max Verstappen habla del gran agradecimiento que le profesa a Jos, quien compitió también en la Fórmula 1, aunque sin pena ni gloria.
La consagración del hijo sería entonces la realización personal del padre y por eso mismo no puede siquiera darle una palmadita en la espalda a Checo para felicitarlo luego de su triunfo en el circuito de Yeda (en castellano, amables lectores, no Jeddah en la grafía de nuestros extraños enemigos).
Pero, a ver, ¿un poco de elegancia? ¿Una pizca de grandeza? ¿Un mínimo reconocimiento al otro aunque sea un competidor directo? No. Nada.
La dupla Verstappen es ciertamente triunfadora. Pero no son nada simpáticos.
Ah, y otra cosa: si los individuos de nuestra especie fueran todos tan interesados y mezquinos, la humanidad se hubiera extinguido casi desde sus orígenes.
La supervivencia, en el mundo, no es nada más un asunto de pisotear a los demás. Necesita también de la generosidad.