Nuestra suerte está echada, y parece que a perder: ahora que John Ackerman ha sido inaugurado como parte del comité encargado de evaluar a los futuros consejeros del INE, queda asegurada la interferencia de López Obrador en un organismo cuya independencia, salvaguarda de las tentaciones restauradoras de la vieja dictadura, le costó a los mexicanos mucha sangre y lágrimas construir.
Ackerman, entre los más vocales panegiristas presidenciales y miembro de una familia generosamente favorecida por las mieles de la 4T, consideró que los nuevos consejeros deben ser neutros para estar al servicio de la democracia. La aclaración sería un alivio si no hubiéramos escuchado antes expresiones parecidas que acabaron resultando más huecas que promesas de amor en borrachera: cómo olvidar a AMLO diciendo categóricamente que en su gobierno “¡nada de amiguismo ni de influyentismo ni de nepotismo!”, procediendo luego a montar en la Suprema Corte a Yasmín Esquivel, la esposa de Riobóo, su contratista favorito, o exclamando, tras el desaseado nombramiento de Rosario Piedra a la CNDH, que ésta dejaría “de ser una pantalla, un organismo alcahuete del régimen”.
Piedra le pagó el puesto minimizando la violencia de la Guardia Nacional contra los migrantes, y preguntando si en verdad en México asesinaban periodistas, porque ella de eso no estaba enterada. El cura Solalinde, a quien López acaba de espetarle que es “un verdadero seguidor de Cristo”, no tuvo reparo en renegar tres veces de lo que antes fuera su trabajo de vida: “Esas manifestaciones ahora no tienen sentido. Hace nueve años sí, porque era un gobierno espurio, un gobierno corrupto, pero hoy tenemos un gobierno legitimo”, dijo de las marchas encabezadas por Javier Sicilia y por quienes en Chihuahua perdieron a sus hijos y esposas, quemados vivos por el narco. De cuando la secretaria de la función pública, causalmente esposa de Ackerman y dueña de infinita superioridad moral, exoneró a tartamudeos las bien fundamentadas acusaciones de corrupción contra Manuel Bartlett, ni hablemos.
Del nuevo evaluador del consejo del INE se recuerda esto: “Cuando yo escuchó a Andrés Manuel en la mañanera yo me inspiro… Es una especie de misa cívica… escuchar la mañanera me tranquiliza, me centra, me hace sentir que tenemos un líder que nos está llevando por un camino positivo”, lo cual nos hace saber que de él podemos esperar el mismo grado de juicio crítico y de libertad de pensamiento que de los personajes anteriores; es decir, ninguno.
Y es que López Obrador no se rodea de colaboradores, ni siquiera de empleados: él sólo tolera acólitos, cuyo rasero es la capacidad de genuflexión antes que la capacidad a secas. Personas, pues, cuya prioridad es exclusivamente el proyecto de poder presidencial, elegidas para sostenerlo a toda costa y sin titubeo alguno; nomás vean cómo le fue a su esposa cuando osó apoyar la huelga de mujeres que, según él, tanto distrae al pueblo bueno de su cascada de éxitos.
Nada de esto, nadie de éstos, le conviene a México. Si le preguntan a nuestro Presidente, peor para México.
@robertayque