Política

La guerra de todos

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A diez días de asumir la presidencia, a petición del gobernador Lázaro Cárdenas Batel y con el general Audomaro Martínez —curiosamente, luego jefe de seguridad de López Obrador y hoy acusado de huachicolear como todo un campeón— como uno de los mandos de la operación, Felipe Calderón le declaró la guerra a los cárteles. Ese año, en una cifra que hoy parece inocente, hubo en Michoacán alrededor de 500 asesinatos. Para su desgracia —y la nuestra—, su llegada al poder coincidió con dos cosas: una, el cambio del epicentro del narcotráfico de Colombia a México, y las consiguientes peleas en nuestro territorio entre unos cárteles cada vez más poderosos y unos capos cada vez más ambiciosos y sanguinarios. Y, la segunda: la derrota nunca admitida de AMLO, su contrincante por la presidencia que, desde ese día, se dedicó a dinamitar cualquier iniciativa, buena o mala, del gobierno que él siempre llamó espurio.

Así, azuzada la oposición no por los enormes huecos de una estrategia probadamente fallida —cuando no descabeza, además de a los líderes de los cárteles, a la complicidad con el poder, a la corrupción y a las redes financieras y logísticas que les permiten operar, entre otros—, sino por el rencor vivo de López Obrador, el desastre por venir se etiquetó como la guerra de Calderón.

Cuando el michoacano le entregó la banda presidencial a Enrique Peña Nieto, su saldo fue de cerca de 120 mil asesinados. A pesar de todo, el entrante siguió más o menos la misma ruta, es decir, eliminar capos dejando intactas sus estructuras criminales, pero esta vez con mucha menos alharaca desde el bando humanista y de izquierda. El sexenio acumuló 156 mil muertos.

Finalmente, en 2018, llegaron al poder los abrazos, no balazos, y con ellos la época dorada del narcotráfico mexicano. Nuestro ejército creció en poder e influencia, pero se le ordenó replegarse ante los narcos, y a los capos el presidente les brindó un respeto que siempre le escatimó a sus víctimas. El resultado: 202 mil 336 asesinatos, masacres cotidianas y más de 50 mil desaparecidos.

Hoy, la heredera de López, algo por convicción y mucho por presiones del nuevo orden desde Washington, retoma el combate frontal. Un combate disparejo, selectivo, donde a los acólitos del tabasqueño ligados a grupos criminales no se les toca. Pero combate al fin. El cambio, entonces, es inmediatamente señalado por la hoy oposición como la guerra de Claudia, mientras los que antes vitoreaban los abrazos no balazos aplauden como focas los operativos a sangre y fuego del mismo ejército que antes vilipendiaban. Y la Presidenta, haciendo exactamente lo mismo que Calderón, dice que cómo creen, que ella jamás haría lo mismo que Calderón.

Lo que me parece más descorazonador es que, sexenio tras sexenio, la estrategia de combate al narco se forje desde carroñas políticas, partidarias, de campaña, y no desde la urgente crisis de seguridad nacional que es. Porque esta guerra no es de Claudia, ni de Calderón, de fifís o de chairos, sino una donde los muertos, los viudos y los huérfanos los ponemos los mexicanos del color, partido o bandera que sea.


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Roberta Garza
  • Roberta Garza
  • Es psicóloga, fue maestra de Literatura en el Instituto Tecnológico de Monterrey y editora en jefe del grupo Milenio (Milenio Monterrey y Milenio Semanal). Fundó la revista Replicante y ha colaborado con diversos artículos periodísticos en la revista Nexos y Milenio Diario con su columna Artículo mortis
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