Afinales del 2018, en un video mostrado como evidencia ante la Corte Este de Nueva York, vimos a Víctor Vásquez, armado, en una chaqueta de camuflaje del ejército mexicano y seguido por un escuadrón de marinos, tomar un mazo y proceder a romper la puerta reforzada de la casa en Culiacán donde dormía El Chapo Guzmán. Los madrazos despertaron al capo y a su amante, poniéndolo a correr, completamente desnudo, hacia un túnel bajo la bañera de la recámara. Cuando Vásquez y los marinos entraron, la pareja ya no estaba allí.
Víctor Vásquez no era un soldado mexicano, ni un policía federal. Era un agente de la DEA. Él y su jefe, Andrew Hogan, no solo armaron la estrategia que acabó apañando al capo, interceptando sus mensajes telefónicos, rastreando cuentas bancarias, infiltrando su organigrama criminal desde Colombia hasta Canadá y, al final, participando activamente en los operativos del ejército mexicano. Días después, cuando los marinos cercaron y arrestaron al capo en el hotel Miramar, en Mazatlán, donde este se había reunido con Emma y con sus gemelitas, Vásquez y Hogan estuvieron allí.
La captura de Ryan Wedding, el traficante canadiense que movía alrededor de mil millones de dólares de coca al año, y que hasta hace días vivía entrando y saliendo de los mejores hoteles de la Ciudad de México sin ser molestado, es apenas el último capítulo de la frecuentemente exitosa aunque generalmente extralegal colaboración entre las fuerzas mexicanas y las gringas. Lo delicado es que no se supone que las policías extranjeras pueden actuar en nuestro suelo sino como observadoras, y siempre desarmadas. Pero esto, en la práctica, es inviable, porque el entrenamiento, los recursos y la información obtenida y procesada por los gringos es indispensable para concretar las capturas, y porque ir a cazar capos sin poder de fuego y en vestido de civil es un despropósito.
Cuando, en represalia por el arresto del general Cienfuegos, López Obrador maniató a la DEA en el país, esa colaboración se secó. La soberanía salió volando por la ventana cuando Trump vino a respirarle a la Presidenta al cuello, aunque, para consumo del ex presidente vitalicio y de sus masiosares, desde palacio se aferraron a la inverosímil versión de que Wedding se entregó. No que lo agarraron ellos solitos, no: que se entregó. El asunto comenzó a descomponerse cuando Kash Patel, el inexperto jefe del FBI de Trump, salió a presumir la “precisión, disciplina y el profesionalismo de sus agentes y de los agentes mexicanos” en una captura conjunta después confirmada por el abogado de Wedding. Pero el bulo se acabó pudriendo cuando la Presidenta presentó en la mañanera, por todo lo alto, una imagen del acusado paradito frente a la embajada gringa que, afirmó, probaba la entrega voluntaria. Ignoro quién arma la estrategia de comunicación de crisis de Sheinbaum, pero merece sayal y vela verde: la foto de marras era falsa, habiendo sido creada con inteligencia artificial.
Es terrible ver que los destinos del país, en estos tiempos tan inciertos y aciagos, parecen estar en manos de villanos de cómic.