Claudia Sheinbaum calificó de excelente la llamada que tuvo ayer con Donald Trump, una donde, cuando este insistió por enésima vez en enviarle a sus marines contra los cárteles mexicanos, la Presidenta le habría dicho que toda cooperación se daría en el marco de “nuestra soberanía”, afirmando que, al colgar, había quedado descartada la amenaza de cualquier acción militar sobre estas tierras.
Ya veremos si, como suele suceder, la Casa Blanca no arroja luego baldes de agua fría sobre un discurso que, desde la seguridad de unas mañaneras siempre a modo, se pronuncia digno, libre y soberano. La realidad es que, mientras Sheinbaum mande al norte palabras zalameras en vez de a sus narcopolíticos esposados, no sabremos de los designios de Trump sino hasta que profanen, o no, las plantas de sus drones nuestro suelo. Como este le dijo al New York Times hace un par de días, cuando, ante lo sucedido en Venezuela, le preguntaron si tendría alguna línea roja en cuanto al uso de la fuerza: “Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Es lo único que puede pararme… no necesito a las leyes internacionales”. Que no le vengan con que la ley es la ley, pues.
El asunto es que, en este nuevo orden, los paradigmas sagrados, los mitos y leyendas bajo los cuales nuestro país —y buena parte de América Latina— operó durante décadas, en acción y discurso, hoy son ceniza, y no me parece que el gobierno mexicano quiera darse por enterado. Porque la Presidenta insiste en glosar que los 2 mil millones de pesos entregados solo en 2025 a La Habana a cambio de unos inútiles médicos cubanos no fueron para lavarle dinero a la dictadura, sino para atender la danesa salud del pueblo. También insiste en que los 3 mil millones de dólares en gasolina que envió a Cuba, solo entre mayo y agosto de 2025, y encima por medio del petrolero Sandino, que figura en la lista negra de la Oficina de Control de Activos Extranjeros de EU por sus tráficos con Venezuela, salieron como ayuda humanitaria, la misma que le niega a los mexicanos víctimas de las fallidas políticas públicas de su movimiento. Y, no olvidemos, insiste en proteger y levantarle la mano a los peores narcopolíticos en el seno de su partido mientras estigmatiza a la prensa y a la oposición.
A estas alturas, que siga logrando vendernos a su gobierno censor, autoritario, opaco, corrupto, aliado con el narco y militarista como de esa izquierda moralmente superior que, afirma, nos hermana con países como Cuba, Venezuela y Nicaragua, pero no a través del tráfico de dinero, de recursos y de drogas, fueran a creer, sino por su gloriosa ideología bolivariana, oropel histórico de las peores dictaduras latinoamericanas, es como para cortarse las venas abiertas. Como si no pudiéramos ver que de La Habana de Díaz Canel, del Managua de Ortega, del Buenos Aires de Kirchner o de la Caracas de Maduro solo salen reportes de represión, de pobreza y de hambre.
Para el México de hoy, lo más delicado es que al Gran Garrote en el Potomac esos discursos tan vetustos como moralmente superiores, diseñados para los tontos útiles, le importan una real cheeseburger.