
Luis M. Morales
Tendría yo cuatro años cuando recibí mi primera lección consciente de virilidad. “Los hombres no se besan,” dijo mientras me apartaba de su mejilla un pariente demasiado importante como para desoírlo.
La abuela atestiguó la escena y para mi enorme sorpresa no refutó en modo alguno aquel mandato. Exagero poco al decir que en aquella primera infancia ella otorgaba sentido al universo familiar y por tanto fue duro el golpe propinado por su silencio.
Por primera vez la vi sometida ante una máxima con la que ella no debía estar de acuerdo.
Entre el pariente y la abuela transmitieron un doble mensaje: el primero fue a propósito de la repugnancia provocada por el aprecio físico entre varones; tales expresiones emocionales pertenecían al sexo frágil, sin carácter, al sexo sometido.
El segundo mensaje fue más difícil de asimilar: aquel hombre debía poseer la razón si la abuela no estaba dispuesta a desafiarle. Ella era religiosa y debí asociar los besos entre hombres al de Judas, traidor del Nuevo Testamento: los hombres que corrompen su naturaleza merecen ser apartados con rotundidad.
Días después completé aquella primera materia de mi educación sexual, cuando decidí contarle a mi padre sobre la humillante escena, esperando con resignación corroborar el mandato.
Sin embargo, su reacción volvió a confundirme: él no solo me besó en ambas mejillas, también las mordió.
Aquel día se sembró en mi una convicción que ha permanecido con el tiempo: la existencia de una representación múltiple de las masculinidades. También obtuve claridad sobre la pugna, a veces sorda y otras estridente, entre las distintas maneras de ser varón.
Durante los años 70 del siglo pasado todavía dominaban los colegios privados donde únicamente aceptaban a personas del mismo sexo; aulas aberrantes a las que acudían en exclusiva niñas o niños.
A mí me enviaron a uno de esos y casi al entrar me descubrí marginal porque no me gustaba el futbol, tampoco sabía dar ni soportaba recibir puñetazos, y más grave aún, era fatalmente torpe para ejercer el albur o responder a la violencia verbal sexualizada.
Visto en retrospectiva, supongo que ayudó poco a la socialización de mi identidad masculina el que mi padre jamás me haya llevado a un estadio y que tampoco haya sido de esos progenitores que promovía los golpes, ni siquiera en defensa propia. Cuenta también que, a lo largo de su vida, haya escuchado de su boca muy pocas majaderías.
En esta narración cargada de confesiones viene a mi cabeza otra anécdota ocurrida, muy probablemente, meses antes de que la voz comenzara a cambiarme.
Acompañé a mi padre con el mecánico de la familia, un tipo mayor y dicharachero que tenía tapizadas las paredes de su local con calendarios de mujeres desnudas.
Al notar mi curiosidad aquel señor, cuyo nombre he olvidado, bromeó con mi padre ofreciendo que podía llevarme a casa el calendario que más me animara.
Debo decir que, sin entender yo la razón, la broma cayó mal en el interlocutor principal y salimos de ahí sin resolver la avería del vehículo.
Aquella red de solidaridad masculina abortó cuando apenas iba a nacer. Suficiente intriga me habrá despertado el episodio que, en el camino de regreso a casa, decidí retomar el asunto con alguna broma tan torpe como tímida y muy seguramente de mal gusto.
De nuevo no hubo eco paterno a mi provocación y por eso entendí, quizá desde entonces, que decorar los espacios con mujeres colgadas como objeto sexual no era una práctica que debiera entusiasmar a la virilidad.
Han corrido casi cinco décadas desde los hechos que aquí cuento y, sin embargo, todavía resiento incomodidad cuando me reúno con alguno de aquellos amigos del colegio de varones. Esos que siguen sin besarse, a menos que estén muy ebrios, que hablan todo el día de futbol y ahora envían mujeres encueradas por WhatsApp.
Son los mismos que ridiculizan todo cuanto tenga que ver con el discurso feminista y sulfuran a la menor provocación cuando se habla de machismo o violencia de género.
Hago ahora, tal como hizo mi abuela cuando yo tenía cuatro años: miro hacia otro lado, intento cambiar de tema y concedo con resignación. Temo reconocer aquí, y ser luego duramente criticado, mi convicción de que —respecto a la masculinidad de estos camaradas— hay ya muy poco que hacer, excepto quizá, no volver a verlos y esto segundo entristece tanto como lo primero.
Durante estos últimos meses la consciencia de mi padre ha declinado pronunciadamente. Él se va despidiendo a pequeños pasos, pero para mí todo está ocurriendo demasiado rápido: no alcanzo a repasar sus muchas herencias, entre ellas los besos que me regaló aquel día de infancia, los que me salvaron de varios mandatos envenenados.
La memoria de las elecciones que hizo mi padre respecto a su propia masculinidad está a buen recaudo. Su conciencia de lo que vale en un hombre permanecerá gracias al principal de sus legados: una fragilidad que, ciertamente, por estos días lo acompaña a toda hora.
Abrazo a ese señor que, a buen tiempo, me alertó sobre el lado luminoso de nuestra masculinidad.
Ricardo Raphael
@ricardomraphael