Si la memoria de la violencia que nos fundó se extravía, el pasado regresará por nosotros para devorarnos. ¿Dónde elegiremos estar cuando eso suceda? Esta es la pregunta principal de Juana, la ópera prima de Daniel Giménez Cacho.
Tengo por Daniel la más sincera admiración. Es el mejor actor de mi generación. Cuando me enteré de que se había arrojado a colocarse del otro lado de la cámara, temí que hubiera tomado un riesgo delicado.
El jueves, al abandonar del cine Diana, donde se estrenó el filme en la Ciudad de México, festejé su coraje: el director y el actor se mezclaron con el mismo genio para realizar un largometraje excepcional.
Cuarenta años de trayectoria desplegada sobre los escenarios ayudaron a confeccionar una obra muy bien lograda, capaz de secuestrar todos los sentidos del espectador que, tras los ciento un minutos que dura la experiencia, se transforma en otra persona.
Porque eso es lo que pasa con Juana: no hay manera de escapar a las interrogantes más filosas de su narrativa, sin resultar herido.
No exagero al decir que interpela la filosofía personal de cada conciencia arrellanada en la butaca. Juana, magistralmente interpretada por Diana Sedano, en metralla me obligó a preguntarme por mi relación con el silencio, la muerte, el poder, la memoria, la violencia, mi masculinidad y por la última de las estaciones: mi muerte.
El móvil de los criminales tiene un antagonista que es el móvil de sus perseguidores. Juana es un personaje que se construye a partir de la segunda hipótesis. En vez de dejarse vencer por la violencia que quiso destruirla, decide convocar y luego a desafiar al mal que la venía consumiendo.
Emma Bertrán propuso con su guion una red tejida con nudos muy apretados para capturar el mundo interior de una mujer que, a punto de claudicar, resucitó para jugarse una última partida contra la desmemoria.
Hay un detonante en este relato que me condujo a visitar mis propios recuerdos. Cuando la madre de Juana está a punto de olvidar lo fundamental, ella opta por rebelarse para que esa tragedia no suceda.
El viaje de la madre hacia la niebla del olvido es el móvil de Juana para arrostrar a los antagonistas de su biografía. Junto con la madre no puede partir una verdad que también le pertenece a Juana; ella necesita hacerse cargo de la huella dolorida que anida en su propia memoria.
Un argumento similar se puede tejer respecto del silencio. El personaje de la madre, interpretado notablemente por Margarita Sanz, tiene como núcleo atómico al silencio. Calló cuanto pudo, hasta que ya no fue posible hacerlo más, porque la desmemoria hace que el sonido más prohibido surja de nuestra garganta.
Hay una escena que no seré capaz de quitarme de los ojos: las caricias de barro que la madre anciana y la hija adulta se entregan como si se repitiera el momento en que la segunda habitó el vientre de la primera.
En efecto, entre otros argumentos, Juana es una historia que sucede dentro y fuera del útero, por eso es esencialmente femenina: el amor que se sostiene a partir de los lazos más íntimos y también la violencia que desposee en la intemperie.
Si bien el escenario general elegido por Bertrán y Giménez Cacho es el de un mundo exterior dónde el oxígeno de lo humano parece irse agotando, lo fundamental en Juana ocurre dentro de la cabeza de la protagonista.
El filme logra hacernos viajar dentro de las membranas de un cerebro atormentado por las malas pasadas de un destino ciertamente trágico. Giménez Cacho borra con la cámara los límites entre lo imaginado y lo real, el ayer y el presente, la amenaza y la paranoia, la certidumbre y el miedo.
Juana recorre todos esos laberintos antes de colocarse con firmeza sobre sus dos pies para mirarse de una vez por todas de frente al minotauro.
Pero Teseo en este relato no es el hijo de Poseidón, sino una mujer, humana en cada uno de sus poros, cuya épica se juega justamente en contra de la leyenda masculina, porque la violencia que la destruyó dos veces provino de una carga intolerable de testosterona.
Giménez Cacho no oculta en este filme la necesidad que habrá tenido para desmantelar su propia masculinidad. Diana Sedano encarna en esta obra las claves para ese desmontaje que toma como metáfora una sociedad intoxicada, pero que, al emplear la lente de la cámara, descubre también los pliegues de esa misma masculinidad cuando infecta las emociones más profundas del alma.
El argumento se extiende a lo largo del filme: si Juana fuese capaz de expulsar de su cuerpo el duelo y el miedo que la han aplastado por tanto tiempo, igual podría hacer el cuerpo social dolido y aterrado.
Tocó también las cuerdas del arpa de las cosas que me importan el hecho de que Juana ejerza como periodista. Se pregunta Giménez Cacho por qué alguien dedicado a esa profesión pierde la noción del riesgo.
Porque detrás del móvil que lleva a investigar, suele haber otro que es fundacional en la identidad de quien se involucra en la peligrosa tarea de denunciar la verdad.
Si Juana no hubiera tenido antes el coraje de enfrentar la opresión de la vida privada difícilmente habría tenido la fuerza para destronar a los personajes que orquestan, en lo público, esa misma arbitrariedad.
Daniel Giménez Cacho superó por mucho lo que comúnmente se denomina una “ópera prima”. Con Juana nos entrega un acto iniciático que proporciona respuestas para sobrevivir una época canija y confusa, pero sobre todo nos implica y cuestiona sobre quiénes elegiremos ser cuando suceda lo más temido.