Ayer se conmemoró el 113 aniversario de la Marcha de la Lealtad, evento que recuerda el acompañamiento que una escolta de cadetes del Colegio Militar realizó el 9 de febrero de 1913 para trasladar al presidente Francisco I. Madero del Castillo de Chapultepec a Palacio Nacional, justo al iniciar la llamada Decena Trágica.
Este año, la marcha conmemorativa se realizó con unos cambios que es necesario hacer notar. La presidenta Claudia Sheinbaum recorrió parte del trayecto que en su momento efectuó el presidente Madero —precisamente por la calle que lleva el nombre de este— para llegar a la plancha del Zócalo, realizar los saludos de protocolo a la bandera nacional y después presidir el saludo de honor a cadetes fallecidos en cumplimiento de sus deberes patrios.
Estos cambios en el formato revelan mensajes de fondo. Lo contrario a la lealtad es la traición. Y cada marcha anual por la lealtad es también un rechazo y una denuncia de cualquier intento de traición a la patria. Y, en este año 2026, los proyectos políticos de traición a la patria están a la orden del día.
Buscar en el extranjero el apoyo que no se obtiene del pueblo de México es traición a la patria. Ofrecerse como punta de lanza o vocero oficioso de grupos externos que buscan la intromisión en los asuntos internos del país es traición a la patria. Recibir apoyo, cobertura y protección de grupos o gobiernos del extranjero, para fungir internamente como cabeza de playa o avanzada de una eventual intervención militar o incursión militar, es traición a la patria. Solicitar el envío de tropas militares o paramilitares extranjeras, para que operen en territorio nacional, es traición a la patria. Tratar de minar en el exterior la legitimidad de un gobierno electo por el mayor número de votos en la historia del país es traición a la patria. En suma, buscar afuera el apoyo y el reconocimiento que no se tiene adentro es no tener “matria”, en el sentido utilizado por Miguel de Unamuno: carecer de un vínculo emocional con la tierra, la comunidad y la cultura en que naciste.
Desafortunadamente, la historia nos demuestra que todos los movimientos políticos que nacen como reacción a un periodo de transformaciones nacionales profundas terminan refugiándose en gobiernos, grupos o países del exterior. Se ofrecen como promotores, aliados, avanzada, representantes y hasta agentes al servicio de esos proyectos exógenos. En el mejor de los casos, buscan presentarse como “salvadores de la nación”, pero en la mayoría de las experiencias son conspiradores contra la nación, porque terminan al servicio de intereses inconfesables. Y para protegerse se declaran perseguidos políticos o terminan en el autoexilio.
Por ello, la presidenta Claudia Sheinbaum promovió la reforma a la Constitución el año pasado, para cerrar el paso a los nuevos traidores a la patria: “El pueblo de México, bajo ninguna circunstancia, aceptará intervenciones, intromisiones o cualquier otro acto desde el extranjero que sea lesivo de la integridad, independencia y soberanía de la nación, tales como golpes de Estado, injerencias en elecciones o la violación del territorio mexicano, sea esta por tierra, agua, mar o espacio aéreo. Tampoco consentirá intervención en investigación y persecución alguna sin la autorización y colaboración expresa del Estado mexicano, en el marco de las leyes aplicables”.