Política

El guajolote, el sobre y el cuadro

  • Columna invitada
  • El guajolote, el sobre y el cuadro
  • Raúl Ramos López

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Prometí en la entrega anterior que hablaríamos de los regalos que los pacientes hacen a sus médicos. Cumplo.

En 1965, cuando era preinterno en el Hospital Universitario José Eleuterio González, en Monterrey, recibí mi primer regalo de un paciente. Era un joven al que había curado de algo sencillo y llegó con un guajolote pequeño. Yo era un estudiante sin sueldo. Nunca se me olvidó.

¿Hice mal en aceptarlo? En aquel tiempo nadie se lo habría preguntado. Hoy, en muchas instituciones de Estados Unidos, la respuesta es tajante: el médico no puede recibir regalos de sus pacientes. Y desde Nueva York hay bioeticistas que pontifican al respecto.

El más conocido es Arthur Caplan, de la Universidad de Nueva York. Ha escrito que los pacientes ya pagan sus cuentas, que suelen ser altas, y que los regalos no caben en esa ecuación. Su argumento es la vulnerabilidad: quien depende de sus cuidadores no es del todo libre al regalarles. Lo ilustra con casos extremos, como el de Huguette Clark, heredera millonaria que regaló a su enfermera más de 31 millones de dólares, o el de un pintor famoso que, tras una estimulación cerebral profunda, quiso obsequiar un cuadro a su médico. Su consejo: rechazarlo y donar el cuadro al hospital.

Caplan tiene razón en esos casos. Pero de la heredera y del pintor cotizado no sale una regla para el joven del guajolote. Él mismo admite que los pastelitos de un paciente agradecido no le quitan el sueño.

Más cerca de nuestra experiencia está, curiosamente, la Academia Estadunidense de Pediatría, y debo admitir que coincidimos: aceptar un regalo modesto no plantea un conflicto serio, y rechazarlo puede ser una afrenta social o cultural. El paciente de un hospital universitario mexicano muchas veces paga poco o nada, y justamente por eso necesita agradecer. Da lo que tiene. Devolvérselo no lo protege: le niega la única manera a su alcance de quedar a mano con quien lo curó y de irse a su casa como igual y no como deudor.

Otro caso obliga a la cautela. En los años setenta visité un hospital en Hungría, y los cirujanos me contaron que, cuando atendían muy bien a un enfermo recibían una propina en efectivo. Los húngaros la llaman hálapénz, dinero de gratitud. La costumbre era antigua, pero bajo el régimen comunista, con médicos mal pagados, se volvió una corrupción tolerada: el sobre empezó a entregarse antes de la operación y no después, y quien no podía darlo temía ser peor atendido. Sobrevivió tres décadas a la caída del régimen, hasta que Hungría la convirtió en delito en 2021, al tiempo que subía el sueldo de sus médicos.

Queda el cuadro, y aquí la historia enseña más que la bioética. Frida Kahlo pintó dos para su médico, el cirujano Leo Eloesser, de San Francisco: un retrato de él en 1931 y, en 1940, un autorretrato dedicado a quien llamó su médico y su amigo. Nadie diría que Eloesser se vendió. Y del primero ni siquiera se quedó: se lo dio a un colega, que lo donó a la Universidad de California con la condición de que colgara para siempre en el Hospital General de San Francisco. Es la solución de Caplan, pero sin que nadie se la impusiera.

A algunos bioeticistas les inquieta incluso la cátedra que lleva el nombre del médico. En la Escuela de Medicina de la Universidad de Texas en San Antonio, una cátedra para investigar el cáncer de colon lleva mi nombre. La dotó un filántropo local, paciente mío, interesado en su prevención. Es justo el caso que inquieta, y no lo esquivo: un nombre en una placa también es un reconocimiento, y el médico debe preguntarse si lo busca. Pero, a diferencia del sobre húngaro, ese dinero no va al bolsillo de nadie ni compra una mejor cirugía; va a que otros enfermos lleguen a tiempo.

De esas tres escenas salen, creo, los límites. El primero es el momento: el regalo que llega después de la curación es gratitud; el que llega antes es una compra. El segundo es la proporción: un guajolote, un pan, una artesanía, no obligan a nadie; un cuadro de millones sí, y lo sensato es que acabe en la institución, como acabó el de Frida. El tercero es el dinero: nunca en efectivo y nunca cuando el médico lo insinúa, que es pedirlo. El cuarto es la luz: lo que no se podría contar a los colegas no debe aceptarse, como recomienda la Asociación Médica Estadunidense.

Al joven del guajolote no le debía yo nada, ni él a mí. Por eso su regalo valía. Aprender a recibirlo y saber cuándo no, también es parte del oficio. Queda una pregunta más incómoda que dejo para la próxima entrega: ¿puede un médico ser amigo de su paciente?

Porque la información, dada con compasión, salva vidas.


*FACS FASCS (RET)

Luis M. Morales
Luis M. Morales



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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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