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El canto de las sirenas del quirófano

  • Columna invitada
  • El canto de las sirenas del quirófano
  • Raúl Ramos López

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Cuando Ulises navegó frente a la isla de las sirenas, sabía que el canto de éstas era irresistible y que ceder a él costaba la vida. Se hizo atar al mástil para escucharlo sin sucumbir. La medicina moderna navega hoy frente a su propia isla: la tecnología quirúrgica de última generación, cuyo canto —brillante, seductor, amplificado por las redes sociales— promete más de lo que la evidencia puede sostener.

Hablo de la cirugía robótica. Y hablo con conocimiento de causa: fui pionero de la cirugía laparoscópica de colon en mi ejercicio profesional y he operado también con asistencia robótica. No escribo contra la tecnología; escribo contra la falta de información honesta sobre ella.

El crecimiento de esta tecnología es, en efecto, extraordinario. Como recordaba hace unos días la columnista Juana Ramírez en Excélsior, para junio de 2026 había ya casi 11 mil 700 sistemas Da Vinci instalados en el mundo, más de 3.1 millones de procedimientos realizados sólo en 2025, y más de 100 mil cirujanos entrenados. Cifras así, presentadas solas, suenan a progreso indiscutible. Pero entrenamiento certificado y pericia real no son lo mismo, y ahí empieza la parte del canto que conviene escuchar con más cautela.

Empecemos por lo esencial: los resultados oncológicos. Cada día se acumula más evidencia de que, en el tratamiento del cáncer, la cirugía robótica no es superior a las otras técnicas de mínima invasión. Los grandes ensayos clínicos aleatorizados —en recto, vejiga y próstata— y los metaanálisis más recientes coinciden: la supervivencia y la recurrencia del cáncer son equivalentes a las de la laparoscopia convencional. El robot ofrece ventajas ergonómicas para el cirujano y algunas mejoras marginales en parámetros de corto plazo, pero ningún estudio serio ha demostrado que un paciente con cáncer viva más o recaiga menos por haber sido operado con robot. Curar el cáncer sigue dependiendo del criterio y las manos que dirigen el instrumento, no de la marca del instrumento.

Si los resultados son iguales, ¿qué explica la expansión vertiginosa de esta tecnología? Dos fuerzas: el dinero y el mercadeo.

El dinero primero. Un sistema robótico cuesta alrededor de dos millones de dólares, más contratos de mantenimiento anual y consumibles de un sólo uso en cada cirugía. Un análisis de costos realizado en un hospital público de tercer nivel en la Ciudad de México encontró que la prostatectomía radical robótica costaba más del doble que la misma operación por laparoscopia: unos 115 mil pesos contra 53 mil. En un sistema público con presupuestos crónicamente insuficientes, cada cirugía robótica equivale a dos laparoscópicas con idéntico resultado oncológico. Dicho de otro modo: cada peso invertido en el canto de las sirenas es un peso que no llega a medicamentos, a personal o a los pacientes que esperan en la lista.

El mercadeo después, y este es quizá el punto más grave. La expansión de la cirugía robótica no ha sido impulsada por la ciencia sino por una mercadotecnia súper agresiva. Estudios académicos documentaron que una gran proporción de los sitios de hospitales que la promueven utilizan materiales publicitarios proporcionados por el propio fabricante, exageran beneficios no demostrados y omiten mencionar riesgos. A eso se suma el ecosistema de las redes sociales, donde abundan las noticias falsas: videos y testimonios que presentan al robot como sinónimo de curación, de "cirugía sin dolor" o de superioridad automática sobre el cirujano que opera "a la antigua". El paciente llega al consultorio exigiendo el robot, y el cirujano —que sabe que la evidencia no respalda esa exigencia— se ve obligado a ofrecerlo para no perder la confianza del enfermo ni quedar marcado como obsoleto. Es el mercado, no la medicina, dictando la técnica quirúrgica.

Hay un costo adicional del que casi nadie habla: el quirófano mismo. La cirugía robótica es, hoy por hoy, extremadamente disruptiva para la operación diaria de los quirófanos. El montaje del equipo, el acoplamiento del robot al paciente y el desmontaje consumen tiempos considerables; los metaanálisis registran tiempos operatorios sistemáticamente más largos que los laparoscópicos. Cada caso robótico prolongado desplaza y reprograma otras cirugías, alarga las listas de espera y consume horas de personal altamente especializado. En hospitales donde el tiempo de quirófano es el recurso más escaso, ese costo organizacional se paga con las cirugías que no se hicieron.

Nada de esto significa que la cirugía robótica carezca de futuro. Lo tiene, y probablemente sus costos bajarán cuando termine el monopolio comercial y madure la competencia. Significa que hoy, en un país como México, adoptarla de manera indiscriminada es confundir lo superfluo con lo estricto. La pregunta que todo sistema de salud —y todo paciente— debe hacer no es "¿tienen robot?", sino "¿cuál es la evidencia, cuánto cuesta y qué dejamos de hacer para pagarlo?".

Como Ulises, los médicos y los pacientes podemos escuchar el canto de las sirenas sin estrellarnos contra las rocas. El mástil al que debemos atarnos tiene un nombre: evidencia científica. Porque la información, dada con compasión, salva vidas.

Samantha Martínez
Samantha Martínez

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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