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Sábado , 20.04.2019 / 19:47 Hoy

Historias negras

“Es un criminal, pero es mi hijo”

Raúl Martínez

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La jornada de trabajo había sido muy pesada para Susana Silva, porque ese día había solicitado trabajar cuatro horas extras en la maquiladora donde laboraba como supervisora y tras 12 agotadoras horas, su labor continuaba en el hogar.

Al llegar a su casa en Escobedo se dispuso a preparar la comida para su madre enferma. A sus 44 años, Susana era viuda desde los 36, cuando su esposo murió víctima de cáncer.

En su matrimonio procreó dos hijos: la mayor tiene 26 años, ya está casada y vive en la casa de su suegra, y un varón de 24 años, quien hasta hace unos días se encontraba preso en el penal del Topo Chico.

La vida de Susana ha sido siempre de mucho sufrimiento: primero por la enfermedad que le arrancó a su marido, después por la diabetes de su madre, que la consume cada vez más, dejándola ciega.

Desde antes de enviudar, Susana tuvo que batallar por la actividad delincuencial de su hijo Pedro Hernández Silva, quien desde la primaria dio muestras de una rebeldía conjugada con cinismo, procacidad y descaro.

No solo era expulsado de las escuelas, también empezó a robar: primero en su casa, después a los vecinos y ya siendo adolescente, además de drogarse se convirtió en asaltante y varias veces fue detenido por la Policía y recluido en el Consejo Estatal para Menores.

Por más consejos que le daba, Susana nunca logró que su hijo recapacitara, por el contrario, cuando lo visitaba en el centro de detención, en vez de mostrase arrepentido le pedía dinero y le exigía que le comprara tenis y hasta un celular.

Susana, una madre muy consentidora, con muchos esfuerzos le concedía a su hijo todo lo que pedía y con tiernas palabras le decía que cuando saliera libre buscara un trabajo decente y se portara bien.

El muchacho, para consolarla, le decía que sí a todos sus consejos, pero que lo sacara cuanto antes del infierno de la reclusión.

La mujer, creyendo que su hijo cambiaría, se endeudaba y con la ayuda de algún abogado lograba poner a su hijo en libertad, pero tan pronto como salía, Pedro volvía a las andadas, lo que empeoraba el sufrimiento de Susana.

Cuando Pedro llegó a los 19 años, Susana se extrañó al ver que repentinamente comenzó a llevar a la casa un automóvil, pero por más que lo interrogaba, él respondía que era de un amigo. Su corazón de madre le decía que eran mentiras, ya que comenzó a faltar a la casa, usaba lociones y ropa de marca.

Sus temores se comprobaron un día en que una compañera de trabajo le enseñó un periódico en cuya portada estaba la foto de su hijo, al que señalaban como un cruel asesino.

Susana sintió que moría, no solo de vergüenza, sino por saber que su hijo, a quien tanto amaba, era un peligroso asaltante y homicida.

En las noticias exponían con detalle el negro historial de Pedro y él mismo confesó con cinismo sus fechorías ante las autoridades.

Susana sufrió al no encontrar apoyo de su hija y al ver que hasta los mismos vecinos se alegraban que Pedro ya estuviera tras las rejas. Pese a todo, ella no lo desamparó: los fines de semana lo visitaba, le llevaba comida y como siempre, él le pedía dinero dizque para pagar la cuota para que no lo golpearan... y nuevamente Susana le creía.

Pedro fue sentenciado a 25 años de cárcel y la que más sufrió fue su madre. Era tanto el amor por su hijo, que buscaba abogados para que lo sacaran pronto de la cárcel, pero solo la timaban y lo peor, Pedro siguió delinquiendo en el presidio, al grado de que en una riña le quitó la vida a otro recluso y su condena aumentó.

En el fondo, sabía que Pedro era un criminal nato, pero Susana siempre justificaba su maldad diciendo que lo provocaban.

Luego de cumplir más de cinco años en el penal, la noche del 21 de marzo una conocida llamó a Susana y le dijo que esa madrugada se llevarían a su hijo a una cárcel de alta seguridad en otro estado del país.

Susana se olvidó del cansancio, de su madre, y a la medianoche llegó a las puertas del penal del Topo Chico, donde se unió a decenas de mujeres que exigían ver sus familiares.

Ella se unió a los gritos de aquella multitud que exigía.frenar el traslado de más de 500 internos porque estaba segura que Pedro estaba en la lista y no podría ir a visitarlo.

Nadie escuchó sus súplicas y ahí permaneció casi dos días. Su pena aumentó cuando supo que su hijo había sido uno de los primeros en ser trasladado.

Entristecida regresó a su casa, donde una vecina la abrazó

. En desahogo, Susana le dijo: "Sé que mi hijo es malo, que merece estar donde está por todo el daño que ha causado, pero me duele. Sin embargo, yo tuve muchas culpa, pues siempre lo consentí, nunca le exigí nada, cuando me daban la queja de sus maldades no les creía y después cuando empezó a robar, lo solapé para que su papá no se enterara.

"Ahora me duele reconocerlo, pero los malos pasos de mi hijo son el resultado de mi debilidad como madre".

Es tarde, pero Susana tuvo que recibir golpes muy duros de la vida para entender que la falta de límites en los hijos pequeños a veces fabrican los peores delincuentes.

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