Peligro

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  • Editorial Milenio

El pavo de Navidad era una difícil emergencia. Tenerlo crudo en la mesa nos avisaba de una misión imposible: primero rellenarlo, luego meterlo al horno cuatro horas, inyectarlo como si fuera un ser humano enfermo y esperar con la paciencia del santo Job. No era cualquier cosa, se trataba de una pieza grande y cara, no se usaban las pavitas ahumadas que hoy en día adornan con modestia las mesas navideñas, aquello era un pavo que hubiera inspirado un par de versos a Rubén Darío.

El relleno del pavo era una obra de romanos. Mi madre y mis hermanas luchaban contra él a brazo partido, lo abrían en dos, sin romperlo, para depositar en el lugar de sus entrañas, una especie de carne molida con pasas y nueces. Dantesco. Era grande el pavo. Mi padre leía periódicos. Mi madre decía: vamos a llevarlo a la panadería, por un poco de dinero, en el horno del pan alcanzará la cocción antes de lo esperado, de lo contrario nos vamos a comer a este animal en marzo. Como se decía en las películas mexicanas: cuánta razón tenía mi madre. A las 6 de la tarde del 24 de diciembre el pavo ingresaba al horno. Todos en oración. A las 10 de la noche, las preguntas se convertían en amenazas: este año no cenaremos. Paciencia, decía mi mamá, falta mucho, mientras coman orejones.

Recuerdo que meter el pavo al horno ponía a la casa de cabeza. Para mi mamá el horno de la estufa era una de las cosas más peligrosas de la vida. Todos fuera de la cocina. Se iba a encender el horno: pecho a tierra. Mamá encendía aquella hornilla con una larga trenza del periódico Excélsior de aquellos años. Le daba vuelta a la perilla y acercaba el papel. Suaaaggg, el fuego aparecía. Todos habíamos sudado de miedo.

Mi madre y mis hermanas se retiraban a sus habitaciones y se ponían tubos en la cabeza para luego realizar un tremendo crepé, castillos en lo alto. La mesa de Navidad, horrible, copas, cubiertos, servilletas. Nadie tomaba vino tinto. Una sidra quizá y whisky Robert Browns.

Apaga bien el horno, o se sale el gas y volamos todos en pedazos, decía mi mamá. ¿Por qué mi madre tenía miedo? No sé, pero a las 11 el pavo salía del horno y toda la familia se unía en una duda colectiva y unánime: ¿no estará crudo? Mi padre leía periódicos.

Estas Prácticas indecibles volverán a esta página el miércoles 10 de enero. Feliz Año Nuevo.

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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