Terminé de leer El vendedor de silencio, de Enrique Serna (Alfaguara, 2019). Estoy impresionado. Se trata de un novelón como hacía tiempo no leía en las letras mexicanas. La trama, la fuerza prosística, la densidad de sus personajes, la reconstrucción de varios Méxicos son un puente entre la historia y la novela. He escrito reconstrucción; no, esta novela es la restauración de un México que parecía perdido en nuestro pasado y que, sin embargo, late cada día entre nosotros como un corazón desesperado.
La relación entre la prensa y el poder en México, uno de nuestros negros informes públicos y secretos al mismo tiempo, ha sido contada a través de la biografía de Carlos Denegri, el líder de opinión más influyente del país en el medio siglo XX, un hombre maldecido por sus dones y devorado por sus pasiones oscuras.
El vendedor de silencio desde luego se da su quién vive con Los periodistas, de Leñero, y La Guerra de Galio, de Aguilar Camín. El que quiera conocer las secretas redes del periodismo y el gobierno, las tensiones de la política en la prensa, la corrupción pero también la esperanza de una periodismo libre tendrá que leer estas novelas.
Sufrí hasta la náusea el retrato magistral de un machista violentísimo, un misógino a quien el alcohol convertía en un monstruo. Denegri amaba y odiaba a las mujeres, pero sobre todo les temía, lo enloquecían como enloquecen a un loco las voces que oye dentro sí y le dictan órdenes terribles de cumplir. La prosa de Enrique Serna ha sido en esta dimensión de la novela de una precisión perturbadora.
Gocé como pocas veces he gozado en una novela mexicana la restauración, decía yo, de Ciudad de México: El Focolare, El Patio, el Tom Boy, El Tío Pepe, la juguetería Ara, la inauguración del Metro, las marcas de coches, las modas en la ropa, los interiores de una casa, la música de una época.
Durante la lectura de estas páginas, me persiguió la idea de una ciudad perdida, fracasada, sin ilusiones y un México desvencijado y herido. Por cierto, cuando los personajes van por un helado al Yom Yom, rendí la plaza y pensé: una gran novela.
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