Encuentro esta anécdota en Futbol y fascismo (Altamarea, 2020), un libro más que recomendable de Cristóbal Villalobos Salas. Mussolini había visto solamente un partido de futbol en su vida. Sin embargo, su olfato político y su capacidad para conducir a las masas le permitió ver el gran potencial que tenía el juego para la política y la propaganda. Junto con el cine, la moda y el espectáculo, el deporte le servía de soporte estatal para la consolidación de su sistema político: movilización de la población joven, medio de propaganda y de control social. El futbol era perfecto para introducir los valores de la nueva religión laica.
La leyenda que Mussolini creó en torno a él mismo incluía el mito del Duce deportista. Lo fotografiaban practicando esgrima, esquí y natación para las portadas de los diarios del régimen.
Il Duce tomó el control del futbol italiano y lo renombró calcio en alusión a un antiguo deporte florentino, similar al futbol, que se practicaba en el siglo XV. Mussolini convirtió a este deporte en “un mecanismo para propagar el sentimiento de patria, que el fascismo equipara a la identificación con el régimen; se ensalzan la pertenencia al grupo, la fidelidad, la disciplina y la supeditación de los intereses individuales a los colectivos”.
Escribe Villalobos Salas: "Víctima de esta política fue, por ejemplo, el Inter de Milán. El equipo había sido fundado décadas atrás como una escisión del Milán, que no aceptaba jugadores de nacionalidad extranjera. Cuando el Partido Fascista llegó al poder obligó al club en un primer momento a denominarse Internazionale, e inmediatamente después a fundirse con otro club y pasar a llamarse Società Sportiva Ambrosiana, ya que a los fascistas la denominación primigenia del equipo les recordaba en demasía a la Tercera Internacional Comunista de Stalin. Además, también obligaron a los interistas a vestir con una zamarra blanca con la cruz de San Jorge y con el haz de lictores, el escudo fascista, en el pecho”.
Mussolini logró organizar un Mundial en 1934, donde los anfitriones salieron campeones con la ayuda de los árbitros. Tras la hazaña, los futbolistas volvieron a sus equipos locales y el brillo del triunfo deportivo se ensombreció por las habituales prácticas fascistas. Por ejemplo, los seleccionados que jugaban para la Roma, el equipo rival del favorito fascista, el Lazio, sufrieron la estrategia del régimen para debilitar a su equipo. “El plan era simple —cuenta Villalobos—: mandar a buena parte del equipo romano al frente, concretamente a Abisinia, una loca aventura imperialista con la que el Duce pretendía reverdecer los laureles del imperio romano”. La selección italiana ganó también el Mundial de 1938 que se jugó en Francia pero aquellos triunfos deportivos ahora son solamente una curiosidad, una capricho del régimen que le costó a Italia 23 años de represión y muerte bajo la bandera negra del Gran Consejo Nacional Fascista.