No puedo sino respetar los sueños, proyectos y demás sentimientos positivos con los que se llevan a cabo los cambios en los equipos de futbol que se enfrentan al reto de superar sus fracasos.
Pero también tenemos que aprender a ser realistas y en este deporte hay cada vez menos espacio para los ingenuos, por más esperanzados que resulten. Acudo pues con respeto a la presentación mediática del nuevo presidente deportivo, en este caso, de los Pumas… Nada más y nada menos que Jesús Ramírez… Un ex jugador de este equipo, un entrenador prestigiado por haber sido el que encabezó el proyecto ganador de selecciones menores que terminó con el campeonato del mundo Sub 17 en Perú, en el ya lejano 2005.
Después de ese gran logro a Jesús Ramírez le ha ido mejor como conferencista y hasta analista en medios de información deportiva que al frente de un proyecto ligado a algún equipo profesional.
Pero nadie puede dudar de que se trata de un tipo con conocimientos suficientes y experiencia en el medio.
El problema, el gran problema, es que los Pumas no necesitan la renovación de dirigentes. O no nada más. Lo que este equipo requiere es instalarse en un modelo de negocio que le permita hacerse de recursos económicos suficientes para encarar con cierta garantía de éxito los enormes presupuestos de los que gozan los equipos que en los últimos años han ocupado los primeros lugares y se han quedado con los títulos en juego.
Esa renovación está muy lejos de poder darse. Este equipo es prisionero de una serie de esquemas que son considerados valores por su afición y “propietarios”… Los Pumas son un equipo pobre, que no tiene mucho dinero para comprar jugadores que realmente marquen diferencias… Y son pobres porque no tienen manera de hacerse de grandes ingresos. Tienen que vender para pagar la nómina a sus mejores elementos de una cantera bastante raquítica además.
¿Contra eso qué puede hacer cualquier presidente deportivo?