Cultura

La casa de la razón individual

En 1986, el escritor checo Milan Kundera (1929-2023) publicó El arte de la novela, un ensayo que se convirtió no solo en un manifiesto del valor de la novela, sino también en un grito de resistencia. Hoy, cuatro décadas después, sus advertencias han dejado de ser profecías para convertirse en la fe de erratas de la contemporaneidad; el mundo que Kundera temía —donde la velocidad aniquila la memoria y la simplificación desplaza la complejidad— es el mundo del permanente scroll.

Voy por partes. Kundera argumentaba en esa colección de ensayos que yo conocí a través de la editorial Vuelta (1988), que la modernidad, impulsada por la técnica, nos ha sumergido en el olvido del ser, una especie de reducción técnica que ha alcanzado su punto máximo con la algoritmización del Yo: nuestra identidad ha sido secuestrada por metadatos predictivos, que nos clasifica como unidades de consumo o perfiles de comportamiento; en este escenario, la novela surge como el último reducto de lo incalculable, ya que mientras el algoritmo busca la respuesta más probable, la novela se detiene en lo improbable, que no puede ser traducido a código binario.

Esta resistencia puede trasladarse al ámbito de la verdad, ya que para Kundera la novela es la expresión de la sabiduría de la duda ante la arquitectura digital que nos empuja al dogmatismo para darnos la ilusión de poseer certezas; la novela, por el contrario, nos obliga a habitar la mente del otro, incluso de aquel que detestamos; releída hoy, esa sabiduría no es una falta de carácter, sino una herramienta de salud democrática frente a la postverdad y la deshumanización del adversario.

Kundera también nos habló de las paradojas terminales, es decir, las que se producen cuando el ser humano, creyendo ser dueño del mundo, descubre que no tiene ningún control sobre el engranaje que ha creado: esta noción resuena con fuerza en las investigaciones actuales sobre la policrisis climática, bélica y tecnológica; vivimos en la era de la omnipresencia: tenemos acceso total a la información, pero una sensación nula de actuar sobre ella para modificarla a nuestro favor. La novela de hoy, influida por el realismo especulativo, captura precisamente ese sentimiento de estar atrapados en una estructura inabarcable, recordándonos que, aunque no podamos cambiar la Historia, aún somos responsables de cómo la narramos.

Sin embargo, quizás la advertencia más urgente de Kundera sea la reducción cognitiva; me refiero a la brevedad obligada de los videos de 15 segundos y el lenguaje fragmentado del clickbait, que están erosionando nuestra capacidad de lectura profunda, como hemos referido en otras entregas; la novela, en su exigencia de continuidad y atención lenta, hoy es una forma de ecología mental, el único espacio que permite una síntesis intelectual donde el pensamiento, el sueño y la realidad se entrelazan sin ser devorados por la urgencia del titular de no más de 8 palabras ni el tuit de naturaleza brevísima.

Milan Kundera no solo fue un maestro de la ficción narrativa de filo ensayístico, sino un antropólogo de nuestra propia fragilidad; su legado es un mapa ético literario para no perdernos en la niebla de la uniformidad global; al final del camino, nos queda la novela como ese espacio sagrado que custodia lo más valioso de la herencia occidental: el respeto por la singularidad del individuo. Como bien señaló en el cierre de ese libro que atesoro, la novela es ese espacio imaginario en el que nadie es poseedor de la verdad y donde “cada cual tiene derecho a ser comprendido”. En un siglo que parece decidido a arrebatarnos ese derecho, volver a Kundera es, sencillamente, volver a la casa de la razón individual.


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Porfirio Hernández
  • Porfirio Hernández
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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