Proclamarse humanista en nuestros días es fácil; pero esto encierra una variedad de posturas y habría que aclarar a cuál humanismo nos referimos. Hay doctrinas diferentes que se dicen humanistas, pero pueden ser incluso contrarias e incompatibles entre sí. Se habla de humanismo ateo, de humanismo marxista y, también, de humanismo cristiano. ¿Cuál es la característica de este último?
Los humanismos ateos parten del presupuesto de que para ser verdaderamente humanista se debe dejar de lado a Dios y a la Iglesia, y que lo único valioso es exclusivamente humano, sin una verdadera apertura a lo trascendente. Sin embargo, la Iglesia promueve un humanismo que califica de pleno o integral, es decir, completo, considerando todas las dimensiones del ser humano, incluso la espiritual.
El problema se encuentra en que un humanismo cerrado e impenetrable a los valores del espíritu, aunque en un cierto momento puede triunfar, al fin y al cabo, termina dando a la sociedad una organización contra el hombre. Desde esta perspectiva ese tipo de humanismos se vuelven contra el hombre, al que pretenden poner en el centro de todo.
Es necesario entonces que el humanismo se abra al Absoluto y que reconozca que existe un llamado a todos los hombres para descubrir el sentido profundo de la vida personal y de la vida social. El reconocimiento del ser humano como realidad corporal y espiritual es sumamente importante. A ningún hombre le bastan para ser feliz los bienes materiales: casa, vestido y sustento, como decimos. Si tengo casa, pero la familia no está en paz, si tengo ropa de moda, pero no verdaderas amistades, si como manjares, pero me hallo encerrado en mi egoísmo, mi vida es un fracaso. Necesito ser feliz con los demás, construyendo relaciones y puentes de intercambio y comunicación, compartiendo y colaborando.
Debemos considerar al ser humano de manera íntegra y, para ello, han de tenerse en cuenta sus dimensiones corpóreas y espirituales, afectivas y volitivas, individuales y sociales, inmanentes y trascendentes. No se puede excluir de la humanidad a persona alguna ni por tiempo, ni por lugar, ni por raza o clase social, ni por asuntos de ese estilo.
Para los cristianos la piedra de toque del humanismo es el mismo Jesucristo, pues él responde a las preguntas sobre el origen, el sentido y el destino de cada ser humano. Él revela al hombre lo que es el hombre, como decía san Juan Pablo II. El ser humano se descubre, así, como imagen y semejanza divina, hermano de todos los hombres.
Pedro Miguel Funes Díaz