Política

Dignidad humana

En la primera acepción que de la palabra "dignidad" nos ofrece el diccionario, encontramos "cualidad de digno", que a su vez es definido como "merecedor de algo" y también como "correspondiente, proporcionado al mérito o condición de alguien o algo". Cuando hablamos de la dignidad humana queremos indicar aquello que hace al ser humano merecedor de algo a causa de su propia condición de ser humano, es decir, algo no dependiente del mérito sino que le corresponde por lo que es, por su condición de ser humano o, dicho filosóficamente, en razón de su misma naturaleza humana.

El reconocimiento de la dignidad humana es lo que permite sostener la igualdad de todos los seres humanos, en cuanto compartimos la misma naturaleza, es decir, nos permite entender que esencialmente somos iguales. Es cierto que por sus acciones algunos merecen admiración, otros desaprobación, unos que se les pague, otros que se les castigue. Sin embargo, por el simple hecho de ser seres humanos cada uno de nosotros, independientemente de las acciones, tenemos derecho a la vida, a la libertad, a un lugar donde vivir, etcétera, debido precisamente a lo que somos.

Si la igualdad fuese en todo, no habría necesidad de hablar de ella. Si se necesita decir que la diferente coloración de la piel, las riqueza o la pobreza, ser hombre o mujer no hace diferentes a las personas en su dignidad, es precisamente porque existen las diferencias. Justamente se debe reivindicar que esencialmente somos iguales y de ello se siguen los derechos fundamentales.

En la perspectiva cristiana el fondo de la igualdad se halla en que consideramos al ser humano como creatura hecha "a imagen y semejanza" de Dios y que la salvación ofrecida por Cristo es para todos. La Iglesia recuerda que "Dios no hace acepción de personas (Hch 10,34; cf. Rm 2,11; Ga 2,6; Ef 6,9), porque todos los hombres tienen la misma dignidad de criaturas a su imagen y semejanza. La Encarnación del Hijo de Dios manifiesta la igualdad de todas las personas en cuanto a dignidad: Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Ga 3,28; cf. Rm 10,12; 1 Co 12,13; Col 3,11)".

El justo reconocimiento de la dignidad humana implica por lo mismo el respeto de la dignidad fundamental, pero también la correcta valoración de las diferencias. El problema es que cierta propaganda actual nos propone una igualdad que se olvida de lo que somos como personas, no aprecia la riqueza de las diferencias y presenta el problema desde la óptica del odio, generando situaciones que en vez de resolverlas agudizan las injusticias.

Pedro M. Funes Díaz


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Pedro Miguel Funes Díaz
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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