A la par que la bioética planteara el tema de la eugenesia, vimos desfilar varias películas sobre ese tema. Gattaca es el ya clásico filme de culto que presenta una sociedad en la que la eugenesia es una realidad: los padres eligen no solo el color de ojos de sus futuros hijos, sino incluso lo necesario para desarrollar al máximo las capacidades decididas por la familia: pianistas con seis dedos o individuos cuya fuerza y excelente salud les permita viajar al espacio exterior.
En esa utópica sociedad, nunca faltan que por un descuido nacen de manera natural que, si bien son aceptados, se les considera inferiores por no tener ni la fuerza ni la salud de los “bien nacidos”. No ahondo más en la trama, para no echar a perder la película a quien no la haya visto, pero me interesa señalar su cuestionamiento de fondo: ¿qué es un ser humano? ¿puede reducirse a su genética? Si se combina genética y educación, ¿el resultado será siempre objetivo y mesurable?
Hay algo en el ser humano que escapa a esas condiciones materiales reales, sean genéticas o adquiridas. Gattaca pone en escena ese “algo” que lleva a un ser que no tiene todo a su favor y sin embargo, triunfa.
Hay algo que no tiene que ver con el dinero, ni con la fuerza, ni con la genética. La filosofía ha buscado el nombre para designar ese “algo”: las phrenes, la voluntad, el elán, el connatus, eros… Pero eso, llámese como se llame, queda plasmado en la siguiente anécdota: un muy famoso jugador quería irse al carnaval en el preciso momento en que había que jugar un partido importante. Explicó, suplicó, renegó, pero el permiso no le fue concedido. El entrenador le dijo: mete dos goles y te vas al carnaval. Pues, sí: entró, de inmediato metió dos goles y salió corriendo al carnaval.
La motivación, le dicen algunos; las ganas de lograr algo, la entrega a una lucha... hay muchas formas y sutilezas para expresar esa idea. La realidad es que el ser humano, cuando se adueña de sus sueños, sorprende y puede ir mas allá de sus mismas fuerzas cuando se concentra en una meta.
Para ello, decía Nietzsche, debe existir una línea recta entre el individuo y su meta: que nada le distraiga, que focalice el fin de esa línea, donde está su meta.
Estás tú y una meta inmediata: nada más. Si te entregas, el resto de los éxitos y metas llegan solos.