Política

PISA y la Nueva Escuela Mexicana

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La reciente evaluación PISA trazó un diagnóstico insoslayable para la educación en México. Por un lado, la OCDE ha calificado de «resiliente» el desempeño de nuestro país al no registrar la caída estrepitosa de otras economías tras el confinamiento del Covid. Por el otro, la realidad cuantitativa es poco optimista. Por años, México mantiene un rezago constante de entre 70 y 90 puntos frente al promedio de la OCDE en Matemáticas, Lectura y Ciencias —un atraso equivalente a casi cuatro años escolares—.

Esta fotografía nos sitúa en un cruce de caminos al contrastarla con la Nueva Escuela Mexicana (NEM). El modelo anterior basó su arquitectura en la adquisición de competencias instrumentales para insertar al estudiante en la economía global, exaltando el individualismo. En contraste, la NEM reorganizó el conocimiento en campos formativos y proyectos comunitarios, priorizando la equidad, la inclusión y la cohesión social sobre el concepto de competitividad individual.

Desde la óptica del diseño curricular, el debate no debe plantearse como una falsa dicotomía. Un país no tiene por qué elegir entre formar ciudadanos con alta conciencia social o profesionistas con solvencia técnica global. Un sistema educativo moderno exige ambas dimensiones.

El riesgo metodológico de la NEM radica en la dilución del pensamiento abstracto. La matemática formal, la lógica, la programación y el método científico no se construyen únicamente como subproductos de proyectos comunitarios; exigen una progresión secuencial y acumulativa. Y puedo ser testigo de sus cualidades formativas para cualquier disciplina Si aflojamos la enseñanza sistemática de las ciencias duras, restaremos a las futuras generaciones la capacidad analítica para competir en industrias de alta tecnología e innovación.

¿Cómo resolver este desencuentro de forma propositiva? No se trata de desmantelar la vocación social de la NEM, sino de dotarla de rigor técnico mediante dos pilares:

El primero es asegurar un bloque dedicado exclusivamente a la secuencialidad de las matemáticas y la comprensión lectora compleja, reservando el aprendizaje basado en proyectos para la aplicación de esas herramientas en problemas analíticos.

El segundo pilar es el de llevar los proyectos comunitarios al terreno de la ciencia aplicada. Si una comunidad enfrenta desabasto de agua o retos energéticos, los estudiantes deben utilizar modelos matemáticos y tecnología para diseñar soluciones tangibles.

La resiliencia observada en PISA no debe convertirse en complacencia. La verdadera transformación educativa del siglo XXI será aquella capaz de fusionar la sensibilidad social y el orgullo comunitario con la excelencia técnica y el rigor científico. Solamente así garantizaremos que las y los jóvenes de México no sólo comprendan su entorno, sino que cuenten con las herramientas analíticas para liderarlo y transformarlo.


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Patricia Armendáriz
  • Patricia Armendáriz
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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