Si en estas minivacaciones aún tiene oportunidad y, sobre todo, tiempo para ir al cine e invertir casi 200 minutos de su vida para reír –y a veces llorar– a pierna suelta con la nueva entrega de Luis Estrada, hágalo, pero teniendo en cuenta ¡Que viva México! tiene el tono y la descarnada crudeza de La ley de Herodes, Un mundo maravilloso, La dictadura perfecta y El infierno.
Si ninguna de estas películas le gustó, entonces no pierda su tiempo. Pero si tiene una cierta sensibilidad social y ciudadana, van unas cuantas razones por las cuales vale la pena hacer de tripas corazón y dejarse llevar por la magia de Estrada.
La duración, aspereza de la realidad expuesta a través de cada uno de los personajes –en los que fácilmente podemos vernos reflejados–, sarcasmo y acidez de un humor negro que puede separarse del drama y la aversión a mirar a los ojos nuestra enferma y repugnante realidad social, son motivo suficiente para usar el tiempo y dinero en otra cosa.
Sin embargo, ¡Que viva México! es un golpe de realidad contado de una manera divertida. Los personajes encarnan a la perfección el actual imaginario moral, valoral, actitudinal y comportamental de la familia mexicana. Lo bueno y lo malo se exponen juguetonamente sin clemencia. La alegría, resiliencia, creatividad, simpatía, la increíble capacidad para acomodarse –sin pujar– a las circunstancias –vengan como vengan– se entrelazan con la avaricia, el arribismo, la traición, el machismo, hipocresía y la astucia puesta al servicio de la bribonería.
Otra razón es que esta película, muy probablemente tendrá un lugar importante entre los clásicos del cine mexicano contemporáneo. Aunque los tiene, son pocos los descuidos técnicos. Fotografía, guión, vestuario, peinado y, escenografía, por ejemplo, no tienen desperdicio.
Por último, vale la pena verla por el mensaje que nos deja. Se ha vuelto un lugar común achacar nuestros males sociales a la crisis institucional del Estado, los excesos que se desprenden de la sociedad de mercado, las corruptelas de políticos y partidos y los trapicheos de policías y narcos, sin reparar en el grado de responsabilidad que nosotros tenemos en ello. Esta última razón es, quizá, la más importante de todas.
Si se anima, ya me cuenta.