El autor de frases como “Yo sólo sé que no sé nada”, refleja que la sabiduría es humilde.
Sócrates era un gran filósofo, crítico y por tanto polemista; en la antigua Grecia fue donde nació la Democracia, y con ello la clase política con todos sus defectos; el filósofo no toleraba la charlatanería de algunos políticos, así es que no tardó mucho en rodearse de enemigos.
De tal forma que se le acusó de corrupción de menores y lo sometieron a juicio; la única intención de los jueces era que se callara la boca; pero el filósofo ya estaba muy entrado en su papel, que no le importaba morir.
Durante el juicio también cuestionó a la autoridad y terminó siendo condenado a muerte.
Ya en la celda el condenado a muerte le pregunta a su verdugo cómo usar el brebaje venenoso que está obligado a tomar; el verdugo explica:
Es muy sencillo, “Sólo tienes que beberte esta taza y caminar hasta que sientas pesados los pies y las piernas”, deja que el veneno actúe despacio y sin dolor. Sócrates da las gracias; sabiendo que va a morir tranquilo y sin dolor.
Pronto Sócrates siente que le pesan los pies y se echa en la cama.
Los acompañantes del sentenciado a muerte observan cómo poco a poco el veneno va surtiendo efecto, anestesiando al filósofo de abajo hacia arriba, de pies a cabeza; cuando la cicuta llegue al corazón y a la respiración, morirá.
Antes de morir Sócrates pronuncia sus últimas palabras a su discípulo Critón: “Le debemos un gallo a Asclepio”.
Sócrates quería pagar a la ciencia por haber descubierto la cicuta, un veneno neurotóxico que le había permitido dejar este mundo sin dolor ni sufrimiento.
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