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El día que Argentina perdió más que una final.

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Lo verdaderamente importante no sucedió frente a una cámara. Sucedió lejos de los reflectores, en el silencio de millones de salas, en sobremesas familiares, en grupos de WhatsApp y en conversaciones donde, casi sin darse cuenta, muchos mexicanos cambiaron de camiseta.

Durante décadas, Argentina fue mucho más que un rival para México. Fue ese segundo equipo al que se recurría cuando el Tri quedaba en el camino. Hubo generaciones enteras que aprendieron a admirar a Maradona, que crecieron maravilladas con Batistuta, que discutieron durante horas si Riquelme era un genio incomprendido y que terminaron rindiéndose ante la magia de Messi. Muchos mexicanos defendían a la Albiceleste con una pasión que ni siquiera les exigía haber pisado Buenos Aires. Lo hacían porque el fútbol también sabe construir afectos que no necesitan pasaporte.

Ese cariño nunca fue una obligación.

Fue una conquista.

Y precisamente por eso dolió tanto verlo resquebrajarse por culpa de unas cuantas palabras.

Porque cuando alguien afirma que detesta a todo un pueblo, deja de hablar de fútbol. Habla desde el prejuicio. Y cuando ese prejuicio sale de un micrófono, el daño deja de ser individual. Comienza a contaminar la conversación de todos.

Entonces ocurrió algo que quizá nadie imaginó.

La final del Mundial no solo enfrentó a España y Argentina. También puso frente al espejo a millones de aficionados mexicanos que, por primera vez en muchos años, descubrieron que ya no podían sentir la misma cercanía por una selección que siempre habían admirado. No fue un acto de revancha. Mucho menos de odio. Fue una decisión íntima. Una manera de decir: “No puedo apoyar a quien me desprecia”.

Y así, millones volvieron la mirada hacia España. Algunos por su extraordinario fútbol. Otros por la historia compartida que une a ambos países desde hace siglos. Pero muchos, simplemente, porque el respeto pesa más que cualquier estrella bordada sobre un escudo.

Ahí entendí que la soberbia siempre cobra una factura.

Se puede perder una final y volver a levantar una Copa del Mundo cuatro años después.

Lo que cuesta mucho más recuperar es el cariño de quienes un día te admiraron.

Porque la admiración es frágil. Se construye lentamente, con años de historias compartidas, de héroes deportivos, de emociones que cruzan fronteras. Pero basta un instante de arrogancia para quebrarla.

Quizá aquel comunicador creyó que estaba defendiendo a Argentina. En realidad, terminó haciéndole un enorme daño. No porque represente el pensamiento de todo un país —sería tan injusto afirmarlo como generalizar sobre México—, sino porque durante unos días fue la voz que más fuerte sonó. Y cuando la estridencia ocupa el lugar de la inteligencia, los puentes comienzan a derrumbarse.

Esa es la enorme responsabilidad de quien sostiene un micrófono.

Las palabras no solo informan.

También abrazan.

También hieren.

También alejan.

Y a veces son capaces de romper en unos cuantos minutos el afecto que tardó décadas en construirse.

Al final, los Mundiales terminan. Los campeones cambian. Las generaciones pasan. Pero hay algo que permanece mucho más tiempo que cualquier trofeo: la forma en que tratamos a los demás.

Porque ningún título hace grande a una nación.

La grandeza empieza cuando se entiende que jamás hay que menospreciar a otro pueblo.

Nunca.

Porque el respeto, como el fútbol, siempre encuentra la manera de regresar. Y el desprecio también.

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Olga Hirata
  • Olga Hirata
  • Olga Hirata no cubre historias: las desnuda. Periodista deportiva incisiva, ve más allá del marcador y escribe desde la grieta humana. No busca agradar, busca verdad—y la dice sin anestesia.
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