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El partido que nadie quería y que terminó recordándonos por qué amamos el futbol

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Es el encuentro al que nadie llega por voluntad propia. Es la sala de espera de una fiesta a la que ya no fuiste invitado. Es el escenario donde todavía duele la semifinal y donde la medalla de bronce parece un premio de consolación para quien soñaba con levantar la Copa del Mundo.

Por eso muchos quieren desaparecerlo.

Y, siendo honestos, tienen argumentos.

Los propios protagonistas lo detestan. Los entrenadores preferirían estar preparando la final. Los futbolistas siguen procesando el golpe de haber quedado a un partido de la gloria. El cuerpo está en la cancha, pero la cabeza sigue atrapada en la derrota.

Sin embargo, el futbol volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: llevarle la contraria a la lógica.

Cuando Inglaterra y Francia saltaron al césped en Miami, todos esperaban un partido burocrático. Uno de esos que se juegan porque el reglamento obliga y porque alguien tiene que quedarse con el tercer escalón del podio.

Lo que recibimos fue exactamente lo contrario.

Diez goles.

Un ida y vuelta permanente.

Errores, rebeldía, orgullo, talento, vértigo y un marcador de 6-4 que convirtió un supuesto trámite en uno de los encuentros más entretenidos del torneo.

Paradójicamente, el partido que nadie quería terminó siendo uno de los que nadie podrá olvidar.

Quizá porque, una vez liberados de la presión insoportable de disputar una final, ambos equipos se permitieron jugar. Sin el peso de la historia sobre los hombros. Sin el miedo a equivocarse. Sin la obligación de administrar un resultado.

Simplemente jugaron.

Y el futbol, cuando se juega así, suele ser mucho más generoso.

Durante años se ha dicho que el partido por el tercer lugar no sirve para nada.

Pero habría que preguntarle eso a Bukayo Saka, que firmó un triplete memorable. O a Kylian Mbappé, que volvió a escribir su nombre en la historia mundialista aun en medio de la derrota. Habría que preguntarle a los miles de aficionados que pagaron un boleto y terminaron viendo diez goles en lugar de un funeral deportivo.

Quizá el verdadero problema nunca fue el partido.

Quizá el problema es cómo decidimos mirarlo.

Porque seguimos creyendo que el deporte sólo premia al campeón.

Como si terminar tercero entre 48 selecciones fuera un fracaso.

Como si el camino recorrido desapareciera por una mala tarde en semifinales.

Como si el futbol no pudiera ofrecer historias valiosas fuera de la fotografía del campeón levantando la copa.

No, el tercer lugar jamás tendrá el brillo del oro.

Nunca provocará la misma euforia.

Jamás será el partido que los niños sueñan jugar cuando empiezan a patear un balón.

Pero tampoco merece el desprecio automático con el que suele tratarse.

Este sábado demostró que todavía puede ser un espacio para el espectáculo, para las despedidas, para las reivindicaciones personales y, sobre todo, para reconciliarse con el juego.

Tal vez no haya cambiado el destino del partido por el tercer lugar.

Seguramente el próximo Mundial volveremos a escuchar que debería desaparecer.

Pero después de una noche de diez goles, resulta mucho más difícil sostener que es un encuentro inútil.

Porque hay partidos que entregan un campeón.

Y hay otros que simplemente nos recuerdan por qué nos enamoramos del futbol.

Y, a veces, eso también vale la pena.


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Olga Hirata
  • Olga Hirata
  • Olga Hirata no cubre historias: las desnuda. Periodista deportiva incisiva, ve más allá del marcador y escribe desde la grieta humana. No busca agradar, busca verdad—y la dice sin anestesia.
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