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Viernes , 26.04.2019 / 09:56 Hoy

Fuera de Registro

Yo quiero ser CPO

Nicolás Alvarado

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Estoy en Salzburgo por segundo año consecutivo. Y no para escuchar a Mozart, y no para comer Sachertorte, y no para ver arquitectura sino para hablar (y, sobre todo, para escuchar) sobre innovación cultural. Por segundo año consecutivo, el Consejo Mexicano de Negocios ha aceptado la propuesta del Instituto Mexicano para la Competitividad para enviarme como delegado mexicano a una sesión del Salzburg Global Seminar —un foro de discusión sobre asuntos públicos globales instaurado por ex alumnos de Harvard en 1947 a fin de allegar valores democráticos a esta parte del mundo, entonces tan ayuna de ellos— y celebro encontrarme una vez más entre colegas de otros países para discutir de habas que al parecer se cuecen igual ya con nopales, ya con Kartoffeln.

El domingo, primera jornada de trabajo, se produjo en una sesión de grupo una discusión de la que fui protagonista, ya sólo porque me pareció que valía la pena darla. Un participante —cuyo nombre no consignaré porque no le pedí permiso para hacerlo, pero del que revelaré que antes había admitido orondamente haber soñado en su juventud con ser jipi y dedicar su vida a fumar mota, lo que en mi prejuiciosa cosmovisión mucho dice de su prejuiciosa cosmovisión— clamó en contra de cualquier especie de colaboración con cualquier entidad a la que juzgara "demasiado empresarial" so pena de pervertir el proyecto cultural y/o social de que fuera materia. "Antes prefiero ver morir una idea", sentenció, "que ver impresa sobre ella el logotipo de Nike". (Supongo que el de Under Armour, empresa de ropa deportiva que factura más de 3 mil millones de dólares al año, le ofenderá mucho menos, dado que es justo ése el que ostenta en la pechera la chamarra que vestía durante la conversación).

Argumenté en contra con parábola: narré mi oportunidad de trabajar en un programa de educación nutricional en escuelas primarias de zonas desfavorecidas de la Ciudad de México que no contaban con agua potable. Gracias a la iniciativa y la gestión de su creadora, Mara Robles, las 120 primarias pertenecientes al programa SaludArte cuentan hoy con bebederos ahí instalados por FEMSA, la más importante embotelladora de Coca-Cola en nuestro país. Lo cual no hace de Coca-Cola un producto con valor nutritivo alguno, ni un componente deseable en la dieta de estos niños o de quien sea, pero sí hace de FEMSA un aliado útil y generoso, que aceptó jugar de acuerdo a nuestras reglas a cambio del poco o mucho beneficio de imagen que ese acto pudiera arrogarle.

Como nuestro interlocutor no parecía muy convencido (a no ser de sus propios prejuicios), hubo de sumarse a mi discurso una participante libanesa, diseñadora de moda para mayores señas, y responsable de la organización de la Semana del Diseño en Beirut. Nos contó que, a la conclusión de la guerra civil en 1990, el centro histórico de esa ciudad yacía devastado, que su reconstrucción y rehabilitamiento habían sido concesionados a una empresa de capital mixto llamada Solidere, y que esta empresa era polémica por su tendencia a la homogenización cultural y por su expropiación ventajosa de terrenos. No es bien visto, pues, en la comunidad cultural de Beirut hacer proyectos con ella. Sin embargo, ante la escasez presupuestal y la negativa de otras instancias a financiar la renta de un espacio de exhibición, mi amiga (lo es ya) recurrió a Solidere y logró un acuerdo muy ventajoso, en el que el evento pudo ocupar cuatro locales de manera gratuita sin por ello ver coartada su libertad creativa en modo alguno. No sé si fue el fantasma de la guerra civil o su mayor habilidad verbal lo que la hizo ganar el punto en nuestra discusión, pero bien ganado estuvo.

Todo lo cual hubo de aparecer brillante y preclaramente resumido en la presentación que ayer viera a hacer a Sam Conniff, creador de Livity, agencia británica de mercadotecnia para público juvenil que cuenta entre sus clientes a Google, al banco Barclays y a los supermercados Tesco, y que sin embargo se asume un proyecto social. Lo que hace Livity es dar un espacio de reunión, y eventualmente empleo, a jóvenes de medios desfavorecidos a los que recluta para crear campañas de lo que bien puede llamarse mercadotecnia social o con causa, que construyen marca para distintos clientes empresariales e institucionales. No es una organización asistencial: es un negocio. Pero es uno que tiene un propósito que trasciende la utilidad financiera.

Al final de su presentación, Sam nos confesó haber cambiado su cargo de CEO —Chief Executive Officer— a CPO —Chief Purpose Officer, Oficial de Propósito en Jefe— y nos exhortó a hacer lo mismo. Pues bien, Mr. Conniff, agradecido que estoy por la inspiración le diré que en México ya tiene usted un par.

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