¿Qué significa ser independiente en el México de hoy? La respuesta parece obvia mientras vemos ondear la bandera, escuchamos el Himno Nacional y repetimos los nombres de quienes encabezaron la lucha contra España. Pero quizá la pregunta debería hacerse desde otro lugar: ¿de qué dependemos hoy los mexicanos?
En lo que va de este siglo, en el que se cumplieron 200 años de la gesta, hemos visto cambiar tres veces el color político de la Presidencia. El PRI perdió la hegemonía que mantuvo durante décadas con la llegada del PAN en 2000; doce años después el PRI regresó y en 2018 llegó Morena. En 2024 ese partido volvió a ganar la Presidencia, de modo que para una generación acostumbrada a que el poder tuviera un solo dueño, la alternancia terminó convirtiéndose en parte de nuestra normalidad política.
Sin embargo, cambiar de partido no necesariamente cambia la relación que tenemos con el poder pues una parte de la sociedad sigue depositando en los partidos una confianza que debería reservarse para las instituciones, y otra parte convierte cualquier crítica al gobierno en una defensa automática de la oposición. Cambian los nombres, cambian los discursos y cambian los colores, pero permanece la tentación de mirar la política como una disputa entre buenos y malos.
Y es ahí donde una de las tareas pendientes de nuestra independencia no está en liberarnos de un gobierno en particular, sino en dejar de necesitar que una ideología en particular nos diga cómo interpretar al país.
Pues la democracia supone algo bastante menos cómodo como es aceptar que quienes pensamos distinto podemos tener una parte de la razón y que el gobierno al que apoyamos también puede equivocarse. Exigir resultados, revisar sus decisiones, cuestionar sus abusos y reconocer sus aciertos debería ser una obligación ciudadana, no una posición partidista.
Hace 216 años la disputa era por quién debía ejercer la soberanía pero hoy sabemos, al menos en el papel, que esa soberanía pertenece al pueblo, pero ojo, el problema es que ejercerla no termina el día de la elección.
La independencia de nuestro tiempo quizá tenga menos que ver con expulsar a alguien y más con no entregar nuestra capacidad de pensar a nadie. Ni al gobierno, ni a un partido, ni a un líder, ni tampoco a quienes hablan en nombre de la oposición.
Después de todo lo que ha ocurrido en estos años, quizá esa sea una manera más actual de entender aquella vieja consigna de “¡Viva México!”: celebrar un país donde podamos cambiar de partidos en el poder sin tener que cambiar de criterio.