Durante años nos acostumbramos a escuchar las cifras de violencia con la resignación de quien recibe una mala noticia que ya esperaba, un homicidio más, una jornada más, una región más tomada por la delincuencia y justo por eso resulta llamativo que, esta vez, los números estén contando una historia diferente.
Claudia Sheinbaum llega a su segundo Informe de Gobierno con un dato relevante, no escuchado desde hace al menos década: el promedio diario de homicidios dolosos se redujo 51% desde el inicio de su administración, una referencia todavía más significativa está detrás de la estadística presentada y es que julio registró el promedio más bajo de los últimos 11 años.
Esto claramente no significa que México haya dejado de ser un país violento, ni mucho menos pues basta mirar algunas regiones para saber que el problema sigue ahí, con organizaciones criminales capaces de disputarse territorios, cobrar extorsiones y mantener bajo presión a comunidades enteras. Pero una cosa es negar los problemas y otra distinta reconocer cuando un indicador comienza a moverse en la dirección correcta.
También se reportan 63 mil detenidos, 207 objetivos prioritarios capturados, más de 32 mil armas aseguradas, 519 toneladas de droga decomisadas y 2 mil 725 laboratorios clandestinos y áreas de concentración desmantelados, cada uno digno de analizarse a fondo, pues son el resultado de una estrategia conjunta en donde más no siempres significa peor.
Durante mucho tiempo la discusión sobre seguridad quedó atrapada entre dos extremos: quienes pensaban que todo podía resolverse con fuerza y quienes suponían que bastaba con atender las causas sociales. La realidad ha demostrado que ninguna de las dos fórmulas, por separado, alcanza y esto ha quedado demostrado en el sexenio de Sheinbaum.
Perseguir a quienes generan violencia y, al mismo tiempo, reducir las condiciones que permiten que la delincuencia se reproduzca parece una combinación mucho más razonable. Falta demostrar que puede sostenerse y finalmente lograr la tan anhelada disminución en la percepción de inseguridad.
Una reducción de homicidios no constituye por sí misma la solución del problema de modo que el verdadero éxito llegará si esta tendencia sobrevive a los meses, se extiende a los estados más violentos y comienza a sentirse en la vida cotidiana.
Pero tampoco sería justo minimizar lo que está ocurriendo ya que si después de años de malas noticias la curva empieza a bajar, reconocerlo no es hacerle un favor al gobierno es simplemente reconocer que algo está funcionando dejando claro que la seguridad pública necesita menos consignas y más resultados; y por primera vez en mucho tiempo, algunos números empiezan a darle una buena noticia a México.