Las coaliciones no son bloques ideológicos; son acuerdos de conveniencia y eso debería tenerlo claro cualquier partido que no cuente con mayoría absoluta. En México la historia lo ha demostrado una y otra vez, particularmente con partidos como el Verde y el PT, expertos en moverse hacia donde el viento del poder sopla con más fuerza.
No se trata de afinidades doctrinarias, sino de acuerdos pragmáticos que funcionan mientras todos obtienen algo a cambio y lo ocurrido con la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum vuelve a recordarlo con claridad.
Morena sigue siendo la fuerza dominante del sistema político mexicano, pero para impulsar reformas de fondo depende del respaldo del Partido Verde y del Partido del Trabajo. En la oposición difícilmente encontrará aliados; el costo político de respaldar una reforma electoral del oficialismo sería demasiado alto. Sin embargo, en esta ocasión tampoco alcanzó el apoyo de sus propios socios.
¿La razón? No fue precisamente una defensa heroica de la democracia… Fue, más bien, la defensa de los intereses de quienes controlan esos partidos.
Sin reforma constitucional no habrá cambios estructurales en el sistema electoral pues el llamado Plan B apenas permitiría ajustes operativos, algunas medidas de austeridad política y ciertos mecanismos adicionales de participación ciudadana.
La señal que envió la votación es sencilla de interpretar: somos aliados mientras esto no implique perder posiciones dentro del negocio de la política. Los partidos que acompañan al oficialismo pueden respaldar muchas decisiones del gobierno, pero cuando perciben riesgos para su propio espacio de poder, simplemente dan la media vuelta.
Nada nuevo; el Partido Verde ha construido su historia precisamente como un actor bisagra que negocia con quien gobierne: PRI, PAN o ahora Morena. Su ideología ha sido siempre la sobrevivencia política. El PT, que presume identidad de izquierda, ha cobrado facturas con la derecha y tampoco ha estado exento de ese pragmatismo.
La política mexicana conoce bien lo que ocurre cuando una mayoría gobierna sin contrapesos. En 1995, durante el gobierno de Ernesto Zedillo, la aprobación del aumento del IVA dejó una escena que todavía se recuerda: el gesto del diputado Humberto Roque Villanueva, la célebre “roqueseñal”, celebrando la votación en medio de una crisis económica que golpeaba a millones de mexicanos.
Afortunadamente, el escenario actual está lejos de aquellos tiempos pero el problema es que esas minorías bisagra rara vez negocian pensando en el interés nacional. Lo hacen pensando en cuotas, posiciones, presupuesto y supervivencia política.
Así funciona buena parte de la política mexicana: un juego donde las mayorías buscan concentrar poder y las minorías negocian el precio de su respaldo. Por eso conviene no perder de vista una conclusión incómoda: el problema nunca han sido los partidos… El problema, como casi siempre, ha sido la clase política que los ocupa.