La contraseña para ver La Liga de La Justicia es: perspectiva. Mucha perspectiva. ¿Cuánta perspectiva es mucha perspectiva? Digamos que su factura solo alcanza para compararla con cintas previas de DC, como Hombre de Acero, Batman vs Superman o El Escuadrón Suicida. Frente a ellas es mucho más disfrutable. Eso no quiere decir que no tenga sus dolorosos y hereditarios errores.
Mientras el mundo guarda luto a Superman (acaecido en los eventos de Batman vs Superman) Batman detecta la inminente aparición Steppenwolf y sus parademonios, entes de otro planeta que aprovecharán el clima de desprotección ocasionado por la ausencia del hombre de acero para emprender la búsqueda de las cajas madre; cubos de alta tecnología que al juntarse son capaces de… –adivinaron– destruir el mundo. Una de las cajas madre está oculta en la Tierra, y antes de que este villano la recupere, Bruce Wayne reunirá a un equipo de metahumanos -Mujer Maravilla, Flash, Cyborg y Aquaman– para impedir este fin de los tiempos.
Vaya que La Liga de la Justicia se beneficia de la cultura de prevención del spoiler. Lo digo porque las inconsistencias que más reflejan lo caótica que es son revelaciones de su segundo y tercer acto de las que sería pecado cinéfilo hablar. Librado del tono fatídico y el cielo lluvioso de BvS, el esperado cónclave de justicieros no defrauda en carisma, camaradería jocosa y química. Verlos juntos emociona aunque no aminora la crisis de estructura y ritmo que viene arrastrando el DCEU: la trama no solo es débil, avanza por doquier y gasta tiempo (con el que podría robustecer su historia principal) en introducir tres personajes con orígenes repetitivos (todos en conflicto con su padre). Es difícil no voltear a ver el modelo de Marvel, que antes de traernos a The Avengers nos presentó a casi todos sus protagonistas en cintas individuales.
Además de la desproporción del guión (demasiado intro y resolución apresurada), un golpe certero a este proyecto fue el relevo imprevisto que ocurrió en el puesto de director: por motivos personales Zack Snyder abandonó el mando de La Liga de Justicia durante la posproducción de la cinta –es decir, luego de filmarla y antes de editarla– cediendo el control creativo a Joss Whedon, quien reescribió y volvió a filmar no pocas escenas. Más que corregir la visión del Universo Extendido de DC, este cambio produjo un forcejeo de estilos evidente en pantalla y que jalonea a la película en direcciones opuestas; de los pretenciosos cámara lenta a las tomas del trasero de Wonder Woman. ¿Qué pensará Paty Jenkins de las tomas que cosifican a Mujer Maravilla o la subtrama que le vuelve interés sentimental de Bruce Wayne? Todo hay que decirlo: salvo esos guiños sexistas, las mejores secuencias de acción son las de las amazonas contra Steppenwolf. Mientras los pasajes filmados por Snyder persisten en lo solemne y lo lúgubre, los añadidos por Whedon se distancian de esa visión con ojo práctico y diálogos rompehielo. La consecuencia más penosa de este percance logístico entre producción y directores es el acabado de los efectos visuales. Las costuras del CGI se notan al grado de que un espectador exigente estaría en todo su derecho de exigir el reembolso de su boleto.
En la alineación de superhéroes, si me preguntan a mí, el orden de mayor a menor lucimiento es el siguiente: Mujer Maravilla, Flash, Superman, Aquaman, Batman, Cyborg. En caracterización y físico –salvo Ben Affleck– todos están a la altura del personaje. Es más bien el guión el que les da líneas que explotan su potencial o lo guarda para futuras películas que, por cierto, si nos dan primero la de Flash y la secuela de Wonder Woman, eso podría reparar el daño de esta desafortunada entrega.
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