El término cine animado para adultos ya no es ajeno ni llamativo. La parte adulta se refiera a obras de animación que tratan temas complejos. Persépolis, A scanner darkly, Akira o Paprika.
Pero cuando Seth Rogen anuncia que hizo cine animado para adultos, se refiere a su presentación más explícita, sexual y no apta para menores de edad. Promocionada como la primera cinta animada clasificación C, La Fiesta de Las Salchichas parece tratarse de un montón de chistes sin censura, una oportunidad de decir las palabras y mostrar las cosas que el sistema de clasificación de películas restringe. Su encanto es algo más que eso, pues no parodia los puntos débiles del cine animado. Parodia sus virtudes. Su riqueza emocional, los valores que promueve, el aprendizaje de sus personajes. Y con esa intención, por más alburera y vulgar que aparenta ser, no pierde inteligencia.
Buscando un universo con seres y objetos que le permitieran hacer metáforas y lecciones de vida (como lo hace Pixar al narrar con personajes que son juguetes, autos, bichos, monstruos, peces, etc) Rogen y sus co-guionistas Evan Goldberg, Ariel Shaffir y Kyle Hunter hallaron en el supermercado y sus productos la premisa perfecta en la que caben tanto el doble sentido como las reflexiones teológicas.
Shopwell’s es un supermercado en el que los alimentos viven en sus estantes, esperando a ser elegidos por algún cliente (a los que ellos llaman dioses) y llevados al más allá en donde están convencidos que los espera una vida mejor. La emoción de estos productos por ser elegidos es tanta que diariamente empiezan el día con un número musical. Claramente, todos en Shopwells están practicando una religión. Y el primero en profanarla será un bote de mostaza dulce que es devuelto al súper después de haber sido comprado por equivocación. Su testimonio sobre lo que realmente sucede en el más allá suena tan terrible que simplemente será ignorado por los habitantes de la tienda. Será sólo hasta que una salchicha para hot dog llamada Frank descubra la verdad (que los humanos se comen a los alimentos que compran en el súper) que comenzará una rebelión para salvar a los de su especie.
Como toda comedia de Seth Rogen, La Fiesta de las Salchichas nos invita a extender los límites entre aquello de lo que está permitido reírse y lo que no. No son las bromas sexuales o las escenas de sexo entre comida las que retan el pudor del espectador, sino los estereotipos de raza y religión que el guión asocia a cada personaje. Una taco lesbiana tiene la voz de Salma Hayek en representación de la cultura latina, una ducha vaginal está personificada por un actor afroamericano, Edward Norton canaliza a Woody Allen como un bagel judío y la lista no termina. Una de las grandes bondades de ser latino y todavía más, mexicano, es que la corrección política no está en nuestro ADN. Así que todo este desfile de prejuicios culturales no resultará tan ofensivo.
Cuando está haciendo chistes y analogías entre comida y seres humanos, la idea es genial. Cuando está creando una trama que humaniza a los productos perecederos y los encamina en un viaje heroico, surgen algunos momentos aburridos que no pueden competir con el ingenio de sus chistes.
Si alguna vez te has puesto a pensar por qué todo tiene que ser tan sublime, conmovedor e inspirador en las películas de Pixar, La Fiesta de las Salchichas será para ti como una película de protesta contra esa excelencia de valores y mensajes que transmiten las cintas animadas. Pobre de aquel que se le ocurra verla doblada al español.
@amaxnopoder