Cultura

Óscar Xavier Altamirano, una trama secreta

Lo peor, podría haber dicho Frankie Armstrong, el personaje central de Muerte sin testigo, la primera novela de Óscar Xavier Altamirano (1965), esperemos no la única, un thriller de esos que se nombran psicológicos y que dadas sus buenas hechuras y diferentes singularidades uno lee con avidez y gozo, no es que todas las personas duden de ti sino que tú mismo lo hagas.

Óscar Xavier Altamirano, Muerte sin testigo, Tusquets, México, 2025, 334 pp.
Óscar Xavier Altamirano, Muerte sin testigo, Tusquets, México, 2025, 334 pp.


Porque si algo provoca Armstrong entre los suyos, esposa, hermano, amigo, hijos… son sospechas.

Y no solo porque, de un tiempo a la fecha, sea un escritor que ya no escribe, un ciudadano que ha renunciado a sus labores cotidianas y hasta un hombre anclado en los dolores de su pasado, sino debido a que lo azaroso de la vida lo empujó a relacionarse con su vecina, “muy joven, muy joven”, que pronto aparecerá muerta.

Así de expedita, así de pulcramente planteada la trama de esta novela que Altamirano emplaza en una ciudad, Nueva York, la que entendemos camina bien, y que se integra a lo que desde su concepción inicial todo novelista tiene claro, el armado de un rompecabezas que, aunque por momentos pareciera complicado alcanzar, se logra con la aquiescencia de cada uno de los lectores.

La vida, tarde o temprano, esto sí lo afirma Armstrong (p. 61), responde a todas nuestras preguntas.

“Nada ni nadie responde a nuestras preguntas con la claridad brutal de la vida. El problema está en que no nos atrevemos a escuchar sus respuestas”.

Muerte sin testigo, cada uno de sus personajes irán sembrando interrogantes; recordemos sus características de policiaco. Preguntas que expresadas con grandes cargas de verosimilitud, tanto en trama como en voces, rápidamente harán suyas quienes la lean.

Dándonos también, en ese mismo tiempo, interesantísimos tópicos de la cotidianidad neoyorquina, en buena medida de la norteamericana y hasta planetaria; esto es, lo más alejado del Nirvana, certeza esta última perteneciente a la víctima del thriller, la joven Lauren, “me encantaría divertirme contigo y que tú te diviertas conmigo hoy. Al máximo. ¿Te animas?”

Sabremos pues de la galopante gentrificación de espacios como el neoyorquino.

De sus esquinas y sitios de concurrencia.

“¿Cuántos latinos y negros con antecedentes penales crees que van a ese antro? Tú lo sabes mejor que yo: cazan a los indeseables, a los que tienen una buena cola que se pueda pisar; no a la gente posh de Manhattan”.

Habrá también una (actual) alerta al problema del consumo de drogas.

“Ahora no solo las armas están cobrando vidas de ciudadanos estadunidenses: las drogas también, el fentanilo”.

El mismo Armstrong, nos cuenta la historia, tendría entre sus alcances la publicación de un libro, ¡Que vivan las armas!, “algo más que la novela en la que retrató el engaño y la manipulación tras un derecho constitucional”, el de la libre posesión de armas en la Unión Americana.

“De manera inconsciente, encarnó la impotencia colectiva en sus personajes, retratando una realidad política que habría «avergonzado a nuestros padres fundadores»”.

Cuestión que habrá de salir a flote una vez iniciado el juicio contra el personaje, señalado como el probable responsable de la muerte de Lauren.

Juicio que se recrea bien en Muerte sin testigo, “casi podría decirse que el ambiente era de optimismo, pero el sistema era una bestia depredadora que tenía a Frank Armstrong entre las fauces y no lo iba a soltar”, sorteando atinadamente los lugares comunes a los que se recurre generalmente en este tipo de recuperaciones ficcionales.

(Sin olvidar que este mismo tipo de representaciones, son ya hasta una parada turística para los visitantes de Nueva York).

¿La resolución del enigma?

¿El futuro de Armstrong?

Lo sabrá el lector.

En tanto, así, un final para comenzar una nueva lectura de Muerte sin testigo, el presente novelístico de Óscar Xavier Altamirano.

“…maravillado (ya sin dudas de sí) por esta primera sorpresa (un lienzo por el mismo Armstrong pintado), en absoluto ajena al mundo de la escritura, de que tras una imagen acecha siempre una trama secreta, comenzó a poner por delante y por encima de toda su fe inquebrantable en el principio de que la obra vibrante nunca brota de la razón, sino del impulso primigenio, ajeno al control, y de que las cosas que vienen de afuera se manifiestan porque las has puesto adentro, en el alma”.


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Mauricio Flores
  • Mauricio Flores
  • mauflos@gmail.com
  • Periodista, estudió Ciencia Política y Administración Pública en la UNAM
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