De aceptar la lógica detrás de la pena de muerte, si alguien mereciese la sentencia en ese universo donde supone justicia, los hermanos Assad, Bashar y Maher, encabezarían la fila del patíbulo. Pero no la acepto.
No lo hago, en general, porque lo definitivo de la ejecución no deja rectificar errores y la existencia de la pena permite su uso por las razones más detestables en nuestra especie, aunque aquí no sea el caso y la responsabilidad por torturas, asesinatos, desapariciones y crímenes de todo tipo está fuera de duda. Aceptar la pena de muerte en casos que se consideren válidos abre la puerta a su aplicación en otros que no lo sean.
No puedo celebrar la sentencia contra los Assad y siete condenados más en Siria esta semana por crímenes contra la humanidad, porque desde hace años, con mi familia rota, amigos muertos y desaparecidos, con relatos en la memoria que aún me despiertan cada mes, con la brutalidad en sus órdenes y alianzas, sostengo el anhelo de saberlos sin libertad y encarar una justicia que guarde distancia moral de la barbarie.
Comprendo a los miles, entre ellos cercanos en Damasco, con una visión opuesta. Las nociones de justicia son un constructo positivo que hemos desarrollado con el tiempo. Decir que la pena de muerte no es venganza por someterse a un proceso en tribunales, así, en esta ocasión, salvo por uno de los acusados que haya ocurrido en ausencia, olvida el refinamiento de ese artificio que llamamos justicia. La venganza es un tipo de ella, el más primitivo, sin importar donde se ejecute en la tercera parte del mundo que conserva el castigo. No hay virtud política en lo primitivo.
El aspecto performativo de la sentencia me sirve de argumento. Bashar vive en Moscú. Al parecer, su hermano también. No imagino su entrega a Damasco. Gritos de satisfacción por el fallo fueron solo eso. Gritos, cuando la reconstrucción pide evitarlos.
Lo entendieron en el parlamento libanés alrededor de las mismas horas. Por mayoría, votaron la abolición de la pena capital. Primer país en la región en hacerlo, lección para todos.
No solo allá.
Camus y Koestler escribieron sus oposiciones a la condena. En español, juntos sus ensayos: Reflexiones sobre la pena de muerte.