Todo sistema depende de su dinámica. Las filias y vituperios son apenas instrumentos de la espiral nacional. Se instalaron los usos de una estructura ensimismada donde la inercia es su motor y objetivo, en simultáneo.
Desde el púlpito presidencial el llamado a los valores da lugar al desamparo. Cuando se recurre a la moral para administrar la falta de gobernanza no hay estrategia ni política, solo espacio para el horror. Hace mucho dejamos de hablar acerca de la creación de anticuerpos locales para frenar la violencia. Permitimos confundir la realidad con discursos y conmemoraciones.
Es la época del homicidio banalizado y la muerte intrascendente. La infantilización acompañada de la victimización constante deja en un gobernante el despotismo de la condescendencia. No hay pudor en plantear equivalencias perversas. Somos testigos de homicidios y el presidente responde, orgulloso, con el descenso en el robo de vehículos. Se gobierna desde la omisión a la proporcionalidad de la amenaza.
Las nociones de responsabilidad se sustituyen por capacidades infinitas de irresponsabilidad. No hay relación en los hechos negativos con el actuar del gobierno. Aquí violencia y desgobierno no son elementos conectados. En el abandono a la búsqueda de referencias para el ejercicio político, el Palacio se transformó en su propia referencia.
Mientras el festival de peroratas se alimenta del enfrentamiento constante, funcionarios medianos hacen del no enfrentamiento al interior la constancia de su participación en la administración pública. Replican la estructura de la voz máxima: los modos de la descalificación y el servicio público transformado en arenga. Refuerzan el sistema de lealtades.
Pasamos de ser el país del sobrediagnóstico a convertirnos en la nación de la antisolución. No extraña más el secuestro de logros que ve como propio el aumento de remesas. Hicimos irrelevante la mentira sobre la afirmación de detenciones alrededor de los asesinatos durante el proceso electoral, la displicencia en el aumento en la tasa de mortalidad materna.
Nos habituamos a las mentiras entre la catástrofe y renunciamos a combatir la banalidad. Esta dinámica promete la permanencia, han apostado por ella.
@_Maruan