México no se está reinventando desde la interpretación, mucho menos desde la del inquilino en el Palacio, con todo y su prontitud reverberante. Cuando las interpretaciones pasan por encima de la realidad es el delirio. Inmersos en la trampa, en este país se intenta día con día reinventar la lectura de una realidad sin razones para el optimismo. Insisten en llamarle narrativa a la realidad, con su horror indemne.
La violencia y la salud mermada hasta la muerte no son un relato, son desamparo. El presidente podrá hoy hacer cuentas de sus años: lectura de sí mismo y para el gusto de los juicios sin distancia. Esa útil para anticipar consecuencias.
Todas las sociedades tienen un límite al ridículo, aquí tenemos prisa por alcanzarlo. Nos adecuamos a los modos de la propaganda como estructura de pensamiento nacional, sólo cercanos a la impostura moral necesaria para hablar sin decir algo más allá de las frases repetidas durante años y sin admitir cotejo.
La degradación social le permite a un gobierno atribuirse el derecho de señalar quién publica la verdad sobre el mismo. Ninguna ingenuidad disculpa lo evidente. El conejo dirá cada semana quién miente, tome su zanahoria. La ofensa provoca, para eso existe; se responde y desplaza la información.
Una vez más se anunciará el fin de la corrupción, la proverbial diferencia con el pasado mientras se adora al depender de él, el culto por la ignorancia y la romantización de la pobreza. Fórmulas generales para encubrir el vacío. La exaltación del provincianismo al ver un Estado inmerso en sus patologías, si acaso, como una casa problemática.
Para quienes llegaron al Palacio, el país real era un sueño aguardando su encomienda y se han negado a ver la naturaleza delicuescente del Estado mexicano; la alimentaron, conversos se mimetizaron a ella. El país está en calma, afirma la tribuna máxima: la calma de Reynosa, Salvatierra y los desaparecidos.
Con la adhesión a la mentira proliferan los guardianes de la ideología, defensores de la palabra presidencial pasan por alto la costumbre a la degradación. Escalamos la demagogia con el ejercicio de implantación de una verdad única. La verdad hecha por quien la impone a expensas del hecho.
@_Maruan